*El exalcalde de Mazatlán recorre el Panteón Municipal Número 3 en Día de Muertos; entre nostalgia, guiños al pasado y promesas de vigencia.
Por Víctor Flores/RN NOTICIAS EN CALIENTE
Mazatlán.-El sol de la mañana pega seco sobre las cruces desgastadas del Panteón Municipal Número 3. Hay olor a flor de cempasúchil, a tierra removida y a esa mezcla de nostalgia y fiesta que solo se respira en México los primeros días de noviembre. Entre el murmullo de las familias que acarrean cubetas de agua para limpiar lápidas, resuena una voz conocida, de esas que no piden permiso ni espacio para hacerse notar.
—¡Pásenle, jefe, pásenle! Buenos días —suelta Fernando Pucheta Sánchez con la soltura que le sale natural, mientras se abre paso entre los pasillos estrechos del cementerio.
El exalcalde de Mazatlán no camina como quien va a un funeral; camina como quien recorre su propio barrio en plena campaña. Viene con la familia a ver a sus viejos, sí, pero el chip político en él no se apaga nunca, ni frente a la muerte.
Apenas le ponen el micrófono enfrente con la pregunta de cajón —esa de si anda ya calentando motores para el 2027— y Pucheta aplica la gambeta retórica de manual: desvía el tiro hacia el sentimiento y la devoción familiar.
—No, pues mira, aquí vine, gracias a Dios, a visitar como lo he hecho desde hace muchos años a mi papá, mi mamá, con mis hermanas —dice, envolviendo la jornada en un manto de tradición entrañable.
Pero en el Panteón 3 la gente lo reconoce a la primera. Y Pucheta, que domina el arte del saludatorio y la política de contacto visual, no deja ir una sola oportunidad.
—¡Hola, Pucheta! ¿Cómo estás? —le grita una mujer desde una tumba vecina. —¡Ah, mi reina, muchas gracias! Cuídese mucho… ¡Que no se olviden de mí! —remata entre risas, dejando ir el verdadero mensaje de la tarde en medio de abrazos y fotos rápidas para el teléfono.
Del mito popular a las cúpulas de poder
El recorrido no es improvisado. Pucheta conoce el camposanto como la palma de su mano y usa cada parada como una estación de la memoria colectiva mazatleca que él maneja al dedillo.
Se detiene ante la tumba de la familia Toledo Ortiz, evoca al exgobernador Antonio Toledo Corro y recuerda con tono íntimo los tiempos en que se sentaba a platicar con él. Minutos después, salta a la leyenda urbana y encabeza la caminata hasta la cripta del «Ferrocarrilero Desconocido», ese personaje anónimo al que el fervor popular le atribuye milagros y favores concedidos.
Más adelante, la marcha se frena ante los restos de Héctor Díaz y Valdés, el legendario hacedor de carnavales y certámenes de belleza. Ahí el tono cambia hacia una nostalgia calculada: habla de las reinas que ayudó a preparar, de sus viejos años como compositor de concursos de canción inédita y de lo volátil que resulta la fama.
—Alguien podrá ser glorioso en un momento, pero somos seres humanos. Y eso nunca hay que perderlo de vista —sentencia con aire de filósofo de esquina, mirando hacia la cámara.
«Que no me olviden»
Antes de despedirse, el político folclórico le echa un ojo a las instalaciones, evalúa la limpieza del lugar y le otorga «buena calificación» a los servicios públicos municipales, cuidando de no confrontar innecesariamente pero manteniendo la postura de quien tiene autoridad moral para calificar a la autoridad en turno. Promete, además, seguir dando de qué hablar en las redes sociales, siempre «con notas positivas que le sirvan a la sociedad».
Dice Pucheta que la muerte llega cuando aparece el olvido. Pero si algo dejó en claro en este paseo entre flores, criptas viejas y memorias, es que Fernando Pucheta Sánchez no tiene ninguna intención de dejarse olvidar. Ni en esta vida, ni en las urnas que vienen del 2027.



