Por Alejandro Gallardo
El periodismo es una noble profesión que ha servido para mantener informada a la población sobre lo que ocurre en todos los ámbitos de la sociedad.
Ha sido, antes y hoy más que nunca, una actividad de alto riesgo para quien trabaja con rigor, buscando la noticia y, particularmente, la verdad.
Lo que hace un periodista íntegro —porque también hay quienes dicen serlo, pero sirven a intereses particulares— molesta a muchos: a gobiernos intolerantes, a empresarios con actividades oscuras y a los poderes fácticos, dentro de los cuales se incluye a la delincuencia.
Lo más triste es que son muy pocos quienes defienden la labor periodística y la libertad de expresión. Hay casos en que las propias empresas de medios comprometen sus contenidos, ya sea por acuerdos con el poder o por amenazas de éste.
Gobiernos, legisladores y organismos de la sociedad civil se rasgan las vestiduras proclamando el derecho a la información sin cortapisas. La realidad es que los periodistas trabajan en las peores condiciones salariales, sin prestaciones dignas ni respeto a sus derechos humanos, incluida la vida misma.
México es uno de los países —si no el país— donde resulta más riesgoso ejercer el periodismo. Es una actividad que exige conocimiento, corazón y pasión.
Durante las últimas décadas se han creado organismos para proteger el ejercicio periodístico.
En el caso de Sinaloa, la presidenta de la Junta de Coordinación Política del Congreso del Estado, Teresa Guerra, anunció que en breve se aprobará la creación de una fiscalía especial para atender casos de periodistas y defensores de derechos humanos.
Esto puede considerarse positivo. Pero suelen crear figuras sin darles presupuesto ni personal suficiente para hacer un trabajo efectivo. Se impone entonces la impunidad imperante, la corrupción generalizada y el doble lenguaje que practican nuestras autoridades.
Dicen defender y querer garantizar el ejercicio periodístico, pero muchas veces son los primeros señalados por atentar contra quienes se atreven a exhibir los excesos de quienes nos gobiernan.
Peor aún: hoy, quien mantiene una línea crítica es señalado y estigmatizado como “chayotero”, al servicio de los gobiernos anteriores.
Existe cada vez menos resistencia a la crítica. De hecho, se vive una intolerancia que en muchas ocasiones alienta los atentados contra periodistas.
Aun así, y pese a todo:
Feliz Día de la Libertad de Expresión a los periodistas persistentes… y a los ausentes.



