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lunes, 17 agosto, 2026

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Chispazo/La domesticación del agravio/La maldita costumbre de creer en quienes no lo merecen

Felipe Guerrero Bojórquez

Los mexicanos no solo estamos ante una tragedia, no solo la padecemos sino hemos aprendido a vivir con ella. La violencia criminal amplia y persistente, por lo mismo, dejó de ser una excpeción y se convirtió en hábito.

¿Qué tanto nos alarman las desapariciones, las extorsiones, los secuestros, los asesinatos y el despojo? ¿Ya nos adaptamos a la tragedia y por ello esa menguada capacidad colectiva para escandalizarse ante ella?

Pero la desgracia corre por dos circuitos paralelos. A parte de la violencia ahora padecemos la concentración del poder a partir del desmantelamiento de los contrapesos institucionales. Un régimen que le incomoda la transparencia, le estorba la autonomía y la independencia le irrita. Amparado en la legitimidad electoral no ha tenido límites, a nombre del «pueblo», para hacer y deshacer, para extender su radio de acción sobre ámbitos que, en una democracia sana, tendrían que permanecer resguardados de los apetitos del poder.

Efectivamente, se invoca a la justicia social al tiempo que se debilitan los equilibrios del orden republicano.Y bajo un discurso central que apela al pasado para justificar el presente, el régimen de la 4T avanza ponderando la lealtad política por sobre la responsabilidad instucional. Es la obediencia la que importa, no el argumento ni el respeto al derecho constitucional. La enajenación entonces cobra relevancia en adeptos que lo justifican y lo normalizan todo.

Y por otro lado la pasmosidad ciudadana frente a los excesos del poder. Es cierto, hay indignación, pero lo que preocupa es que en no pocos ciudadanos lo que resalta es la resignación, una especie de adaptación lenta, casi imperceptible ante el deterioro de la vida en todos los sentidos. Como si la reiteración sistemática de la violencia y el abuso de poder fuera cada día menos agresivos. Lo que vemos ahora son ciudadanos exhaustos, inactivos ante los hechos. Otros molestos, soportan y esperan, comentan en voz baja, ironizan, socializan en las redes sociales hasta el cansancio. Pero al final rara vez logran traducir su malestar en una exigencia pública sostenida.Y es que el miedo también explica esa parte de no dar la cara.

También hay desconfianza en si los resultados de la protesta serán o no eficaces, si desatarán la represión.

Debe ser terrible cuando un pueblo se acostumbra a perder. La historia le cobra la factura de la fortaleza que no tuvo para defenderse; y ya en el patíbulo, es cuando se da cuenta que el tirano lo que hizo siempre fue ponerle la soga al cuello. Es la maldita costumbre de creer en los que no merecen la buena fe. Esa costumbre prolongada que termina por deformar no solo la percepción de la realidad, sino por destruir la fortaleza de la dignidad cívica.

Es cierto que debemos confiar en nuestra capacidad de resistencia, de indignación y de templanza. Decir no a la conformidad y a la renuncia. Pero la pregunta es si los mexicanos padecemos solo por la voracidad de poder de quienes nos gobiernan, o también por la docilidad creciente con que una parte de la sociedad asume este proceso. No porque se toleren los abusos, sino por que la costumbre de callar, al final, fortalece más al régimen.
Los proyectos autoritarios no avanzan solos, necesitan de ciudadanos cansados, excepticos, desmovilizados. Concentrar el poder exige de la propaganda que incluye domesticar el agravio y normalizar lo intolerable.

Los regímenes radicales ocupan adeptos que no se sobresalten ante su propio deterioro; es central en ellos apagar la indignación ciudadana para despejar el camino hacia sus objetivos; ciudadanos que dejen de sentir como ofensa aquello que los agravia, al grado incluso de perder la noción de sí mismo.
En esas andamos. Si no cómo explicar tanta pasividad ciudadana ante lo que debiera indignarle.

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