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miércoles, 26 agosto, 2026

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En la Raya/Rocha: de Chalanes y Paleros

¿Seguirán?

Por: José Luis Lopez Duarte

Uno de los mayores fracasos del gobierno de Rubén Rocha no fue únicamente la concentración del poder público hasta convertirlo en una suerte de autocracia administrativa. Fue también haberse rodeado de una camada de amigos, compañeros de viaje y chalanes cuya principal virtud parecía ser la obediencia. Pocos llegaron al gobierno con un proyecto de desarrollo social —entiéndase, colectivo— que no fuera repetir los principios de honradez y lealtad al pueblo resumidos en aquella frase: “no mentir, no robar y no traicionar”. Con el tiempo, el mantra terminó por arrastrarse por los suelos.

La retórica sustituyó al programa. La propaganda ocupó el lugar de la estrategia. Y la ambición de poder, que al principio se presentaba como instrumento de transformación, acabó convirtiéndose en el objetivo central del gobierno. Apenas cinco meses después de asumir el cargo, Rocha comenzó a sincerar su administración. Primero vino el conflicto con Héctor Melesio Cuén y el PAS; después, el enfrentamiento con Jesús Estrada Ferreiro en Culiacán; más tarde, el choque con el entonces alcalde de Mazatlán, Luis Guillermo Benítez. La voracidad política no tuvo límites: todo espacio autónomo debía ser sometido, toda voz independiente reducida y toda oposición intimidada mediante dádivas, amenazas o el simple ejercicio abusivo del poder.

El problema no fue solamente moral, sino práctico. Un gobierno que dedica sus energías a controlar a sus adversarios termina careciendo de tiempo, imaginación y voluntad para gobernar. Así, Sinaloa llegó al tercer año con un aparato público debilitado, una economía sin impulso, finanzas comprometidas, obra pública insuficiente y una crisis de seguridad que dejó de ser coyuntural para convertirse en la atmósfera cotidiana de la ciudadanía.

El fracaso ya no puede ocultarse detrás de discursos. La administración rochista se encuentra prácticamente agotada y, peor aún, parece carecer de una salida. Los catorce meses que encabezará Graciela Domínguez Nava no ofrecen, hasta ahora, señales de un viraje sustancial. Si la nueva gobernadora se limita a conservar la misma estructura, los mismos funcionarios y las mismas prácticas, su gobierno será entendido como una simple prolongación del anterior. Cambiar de titular sin cambiar de rumbo es una operación cosmética, no una rectificación política.

Sinaloa necesita, para empezar, un deslinde claro y radical respecto del rochismo. No se trata de una vendetta ni de un ajuste de cuentas, sino de recuperar la autoridad civil mediante transparencia, revisión de contratos, auditoría del gasto y evaluación objetiva de los responsables de cada área. También hace falta una operación de emergencia para Culiacán, cuya ausencia de liderazgo municipal ha dejado un vacío peligroso. Ese vacío no puede llenarse con improvisaciones ni con propaganda: requiere reconstruir la confianza social desde las colonias, las comunidades y los sectores productivos.

La gobernadora tendría que revisar exhaustivamente los recursos disponibles, las reservas financieras y las obligaciones heredadas. Allí donde existan irregularidades, deberán aplicarse las medidas legales correspondientes; donde haya incompetencia, deberán producirse relevos. La administración pública no es un refugio para lealtades personales.

El tiempo es escaso, pero la escasez del tiempo no justifica la inacción. Morena ya está en tiempos definitorios sobre quién encabeza su proyecto para 2027, al parecer el día de hoy será la designación de la senadora Imelda Castro y así irá ocurriendo está semana en los demás estados que tendrán elecciones, y aquí es donde el gobierno corre el riesgo de convertirse en una oficina electoral dedicada a organizar candidaturas, mientras la ciudadanía espera seguridad, empleo, servicios y justicia. Un Estado no puede reducirse a una maquinaria para fabricar 208 candidaturas.

La primera obligación de cualquier gobierno es gobernar. Y para gobernar hace falta algo más que obediencia partidista: hace falta propósito, autocrítica y valor para romper con los errores propios. De eso depende que Sinaloa conserve todavía una posibilidad de recomposición. Al tiempo. 

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