Felipe Guerrero Bojórquez
De veras. Es una pregunta de buena fe: ¿hay necesidad de que el gobierno realice el “Grito de Independencia”, a sabiendas de que la gente que acuda corre peligro?
O, dicho de otro modo: ¿qué ocurre cuando, en municipios como Culiacán, San Ignacio, Mazatlán, Concordia, Rosario y Escuinapa, la violencia está a la orden del día?
¿Qué es mejor: demostrar, mediante esta convocatoria, que no pasa nada y que existen suficientes condiciones de paz para la celebración, o no exponer a la gente y a las familias a la eventualidad de que se desaten los demonios de la violencia? ¿Habrá necesidad de someter a la gente al peligro solo para enviar el mensaje de que no hay problema, de que puede convivir hasta altas horas de la noche sin que pase nada?
Por ejemplo, ni Culiacán, ni Mazatlán, ni Escuinapa son lugares seguros en el contexto cotidiano, mucho menos en el marco de una fiesta que implica concentración y desplazamientos a altas horas de la noche.
Nadie desea que ocurra la más mínima circunstancia adversa, pero el ambiente violento y de confrontación bélica de nuestras ciudades nos indica que deben prevalecer la precaución y la prudencia, sobre todo por parte de la autoridad. Convocatorias como estas, organizadas por el gobierno en las condiciones que vivimos, están más cerca de la irresponsabilidad y de la urgencia de crédito político que del fervor patrio.
Pero no solo eso. Ojalá que, en el afán de llenar la plaza —no para honrar la memoria de quienes nos dieron patria y libertad, sino para demostrar que no pasa nada—, no se les ocurra llevar acarreados desde las colonias más apartadas. En todo caso, que al menos sea una convocatoria libre, para que la gente decida si se arriesga o no a salir; que no se le lleve ahí como si se tratara de una concentración política.
Por supuesto, honrar a nuestros héroes es honrar a la patria y fortalecer nuestro espíritu cívico. No se debe utilizarlos como una oportunidad para demostrar credibilidad en la gobernanza. No estoy afirmando que así sea en este caso, pero, ante nuestro entorno violento, se corre el riesgo de una mala interpretación.
No realizar una fiesta de esta naturaleza no necesariamente significa debilidad del gobierno. Será mucha más la gente que lo agradecerá que la que se arriesgue a asistir. Sin duda, la gente vería un gesto de sensatez y preocupación real. Es decir, sin correr riesgos innecesarios, serán más los ciudadanos que aplaudan una acción de gobierno responsable que la realización de un evento a punta de soldados y de invitados comprometidos.
¿Quién celebra y disfruta de una fiesta cívica rodeado de cientos de soldados y policías? ¿Tiene necesidad la gente de acudir a un espacio donde la presencia de hombres armados significa, al mismo tiempo, la existencia de un peligro latente?
¿Tiene necesidad el gobierno de convocar y exponer a familias enteras? No la tiene si se despoja de la idea de que no hacerlo significa aceptar un estado de guerra y de incapacidad para enfrentarla. Hacerlo significa lo contrario: aprovechar la coyuntura para demostrar la existencia de una paz y una tranquilidad social que no existen.
Convocar al “Grito” en las condiciones violentas que vivimos, aparte de percibirse como una peligrosa irresponsabilidad, puede apreciarse también como un acto más político que patrio.
Como sea, hay que rogarle al Señor y a todos los santos para que no ocurra una desgracia, ni en los eventos ni durante la ida o el regreso a casa. Que así sea.



