Felipe Guerrero Bojórquez
Una cosa es que Rubén Rocha Moya y su imagen sigan en el desprestigio ante miles de sinaloenses, y otra muy diferente que haya mantenido, de facto, el poder con el apoyo de Morena y de Palacio Nacional. Una cosa es la faramalla de arriba y otra, muy distinta, el espaldarazo en las sombras.
No hay duda: desde su refugio, Rubén Rocha sigue moviendo los hilos del poder estatal y del partido guinda. Continúa dando instrucciones directas sobre lo que debe hacerse —y lo que no— en la administración que formalmente encabeza Graciela Domínguez. Lo mismo ocurre al interior de Morena, donde está decidiendo las candidaturas más importantes.
A Imelda Castro le vendieron la idea de que, para ganar la gubernatura, necesita la estructura de Rubén Rocha. A cambio, cedió las candidaturas de las alcaldías de los tres principales municipios. La instrucción vino desde “Palenque Nacional”, donde siguen creyendo que, pese a lo ocurrido en Sinaloa y a las acusaciones provenientes de Estados Unidos sobre sus presuntos vínculos con el narcotráfico, el mandatario con licencia conserva un gran control político.
Bajo esta lógica, a Imelda Castro la obligaron a ceder espacios al rochismo e incluso a poner en manos de los hijos de Rocha, y del senador Enrique Inzunza, la decisión sobre las candidaturas y el diseño de las distintas campañas.
Por eso, ya está claro que serán tres mujeres las candidatas de Morena en los principales municipios de Sinaloa: Tere Guerra, en Culiacán; la actual alcaldesa Estrella Palacios, en Mazatlán, y Ana Ayala, candidata de Adán Augusto López y respaldada por Rocha, en Ahome.
Por supuesto, aún falta definir las candidaturas a las diputaciones locales y federales, decisiones en las que Rocha lleva mano.
La visita de Claudia Sheinbaum a Culiacán despejó cualquier duda. Quedó claro que el apoyo abierto fue para la gobernadora interina, Graciela Domínguez. Pero más claro aún fue que el respaldo central, dirigido a la nación y al gobierno de Estados Unidos, estuvo destinado a Rubén Rocha, a quien la presidenta declaró prácticamente inocente de las acusaciones en su contra. Por el contrario, responsabilizó al país vecino del polvorín en que se ha convertido Sinaloa.
“La injerencia provoca violencia”, subrayó la mandataria, en un claro deslinde de cualquier responsabilidad atribuida al gobernador con licencia.
Ahora, el problema para Imelda no es solamente que el rochismo haya recibido las principales candidaturas, sino que su suerte quedará en manos del equipo de Rocha, que será el encargado de llevar las riendas de la campaña.
Y aquí se abren dos escenarios negativos para la coordinadora de la Defensa de la Cuarta Transformación en Sinaloa, si no es capaz de recuperar desde ahora el control total del proceso. Primero, que las candidaturas del rochismo hundan la campaña de Morena en Sinaloa debido al desprestigio de la marca. Segundo, que Rocha, pese a todo, gane el Congreso y las principales alcaldías, y con ello obtenga el poder necesario para someterla.
En cualquiera de estos dos escenarios, Imelda Castro saldría derrotada.
¿Se animará a encabezar la campaña con un equipo propio y un discurso autocrítico que se deslinde del rochismo y, al mismo tiempo, reivindique a la Cuarta Transformación en Sinaloa? ¿O dejará las cosas como están, bajo la bandera de la “unidad” y la idea de que, efectivamente, Rubén Rocha y Sinaloa fueron víctimas del injerencismo estadounidense?
No hay que olvidar que, como parte de su negociación con Palacio Nacional y Palenque, el rochismo también conserva intacta su estructura de gobierno, la cual opera a través de Yeraldín Bonilla, secretaria general, quien recibe personalmente las instrucciones y las transmite directamente a cada titular del ramo.
¿Lo sabe la gobernadora interina, Graciela Domínguez? A menos que ella también reciba esas instrucciones.
Todo lo anterior explica por qué, hasta ahora, alrededor de la senadora con licencia Imelda Castro no se observa un equipo con sello propio, capaz de generar una dinámica que, al menos, envíe señales de autonomía y de relativo deslinde del rochismo.
Todo indica, pues, que eso no ocurrirá y que la definición de las candidaturas y el control de las campañas permanecerán en manos de Rubén Rocha, quien, además, aún conserva la estructura de gobierno. Sus titulares siguen bajo sus órdenes, más firmes que nunca, a pesar de que hace más de un mes Graciela Domínguez asumió el relevo.



