Luchar por la Democracia
es una lucha permanente
ahora con ésta burocracia
nuestra voz más potente
Armando Zamora Canizalez
La invitación a la presentación del libro Los locos de la democracia, de Eduardo Ortiz Hernández, me llevó de regreso a dos episodios de mi vida. Dos momentos distintos, unidos por una caja de muertos y por una misma inconformidad: que la voluntad de la gente terminara sepultada por las decisiones del poder.
En 1983 yo era dirigente del Grupo Acción Juvenil Ejidal en mi pueblo El Castillo, éramos 40 muchachas y 70 muchachos que nos organizamos para construir una cancha de básquet bol. No sabía nada de partidos políticos, pero cuando supe de aquella marcha en Mazatlán, allá anduve.
Era el tiempo de las protestas por la elección en la que Humberto Rice García había disputado la presidencia municipal a Quirino Ordaz Luna. Se reclamaba respeto al voto y se denunciaba fraude electoral.
Lo que tengo muy presente es que la marcha iba encabezada por una caja de muertos de cartón, rotulada con una palabra: DEMOCRACIA.
Al finalizar, aquella caja fue arrojada desde el Clavadista al mar.
La imagen se me quedó grabada. Yo no conocía los entretelones de los partidos, pero entendía el mensaje: de poco servía invitar al pueblo a votar si después otros decidían por él.
Años más tarde me tocó vivir otra historia, ahora desde adentro.
Durante el segundo intento de Andrés Manuel López Obrador por llegar a la Presidencia, Imelda Castro, entonces presidenta del PRD en Sinaloa, nos dijo al ingeniero Aaron Flores Estrada y a un servidor que las candidaturas se resolverían mediante una encuesta. Aaron buscaba la candidatura al Senado; yo, la diputación por el octavo distrito electoral.
Acompañé a Aaron por todo el estado. Recorrimos, hablamos con la gente y trabajamos con la confianza de que se respetaría lo acordado. Según recuerdo, salimos arriba en las encuestas publicadas tanto en Noroeste como en El Debate.
Pero una cosa era lo que se decía y otra lo que se decidía.
Imelda nos citó en El Habal. Allí nos comunicó que don Julio Berdegué, ya fallecido, le había pedido que en mi lugar pusieran al doctor Julio Lemmen Meyer. Para el Senado, López Obrador optó por Víctor Manuel Gandarilla Carrasco.
¿Y la encuesta? ¿Y la palabra empeñada?
Cuando vino el Peje al Monumento a los Monos Bichis, les propuse a Aaron Flores, a Jorge Pasos —también fallecido— y a José Manuel García Mendoza que hiciéramos una manifestación con una caja de muertos de cartón.
Pero Pasos se tomó muy en serio el asunto: llevó un ataúd y hasta contrató plañideras.
Nos colocamos en una camioneta frente al templete y comenzamos a gritar:
“¡Diálogo, diálogo, diálogo!”
Insistimos hasta que López Obrador nos prometió recibirnos al día siguiente, a las siete de la mañana.
La cita fue en el Hotel Agua Marina. Y, para completar la escena, cuando llegamos iba saliendo don Julio Berdegué.
Aquello tuvo una repercusión que ni nosotros imaginábamos. Recuerdo que Joaquín López-Dóriga comentó el asunto en televisión y que salimos en la portada de Proceso con la caja de muertos.
No protestábamos por deporte. Reclamábamos que se cumpliera lo que se nos había dicho. Porque consultar a la gente y después ignorarla también es una manera de faltarle al respeto.
Por eso el título Los locos de la democracia me resulta tan cercano. Hay que tener cierta dosis de locura para seguir exigiendo congruencia donde tantas veces manda la conveniencia. Para levantar la voz cuando lo cómodo es acomodarse. Para pedir diálogo frente a un templete preparado únicamente para el aplauso.
El subtítulo del libro también da en el punto: El oficio de poner límites al poder. Ese oficio se ejerce en las instituciones, pero también en la calle, defendiendo el voto y reclamando que la palabra tenga valor.
La presentación será mañana, jueves 8 de octubre, a las 11:00 de la mañana, en el Salón Floresta del Hotel Wyndham, en Culiacán, con Vicente Fox Quesada como invitado especial.
Por allá andaremos.
Con nuestros recuerdos y con la convicción de que la democracia necesita ciudadanos que pregunten, participen y exijan.
Porque aquella caja de cartón terminó en el mar. Pero la obligación de ponerle límites al poder sigue en tierra.
Nos vemos mañana… pero recuerda: el 2027 nos llama!



