Por Felipe Guerrero Bojórquez
La guerra en Sinaloa nunca ha bajado un ápice. Entre flujos y reflujos se sostiene y luego se incrementa, sube de tono. En los primeros meses era Culiacán y municipios aledaños, hoy es en todo Sinaloa, con escala a la baja en Guasave, Ahome y El Fuerte.
Lo hechos violentos de ayer, en buena parte del estado, reflejan que todo está peor que como empezó, y que pese a las cifras de decomisos y detenidos la estructura de los dos bandos del cártel de Sinaloa está intacta y operando.
Lo que el gobierno, ante su incapacidad no hace en los hechos, lo quiere enmendar a salivazo limpio declarando, como ayer lo hizo el gobernador Rubén Rocha, que la inseguridad «es un problemita que la gente todavía aprecia».
Lo mismo hace la vocería oficial en declaraciones del Secretario General de Gobierno, Feliciano Castro, que a diario notablemente se esfuerza por ofrecer cifras, más en el sentido de ocultar, de regatearle a la fatídica realidad que vivimos los sinaloenses, que a contar la verdad. En realidad un lastimoso papel cuyos malabares están a la vista.
Cada vez que los demonios se tranquilizan un poco, las autoridades aprovechan para mostrarse triunfalistas y ufanarse de que «los operativos ya están dando resultados». Pero no, son puros deseos fincados en la esperanza de que los bandos en pugna se pongan de acuerdo, o se cansen, cosa que no se le mira para cuando.
Pese a los cientos de soldados y policías desplegados en Sinaloa, los delincuentes se movilizan a la hora que se les pega la gana. Bloquean carreteras, se enfrentan entre sí y, cuando las circunstancias los obligan, también pelean contra el Ejército; ejecutan de manera selectiva a las víctimas; levantan o van por sus adversarios a sus casas, los matan, los secuestran o queman el inmueble; sin el menor de los problemas roban y atracan vehículos en la ciudad y fuera de ella, y cuando así lo deciden se trenzan con sus poderosas armas en las calles de la ciudad, en pleno tráfico, cerca de las escuelas o con los niños en tránsito.
¿Y el gobierno? El gobierno curiosamente no aparece, hasta pasado los hechos violentos llega solo a levantar muertos y testimonios de la gente.
Muchos usuarios de las carreteras son testigo de la ausencia de patrullaje, y de algunos puntos donde se llevan «hechos bola» los del Ejército y Guardia Nacional. Son largos los tramos sin vigilancia, lo que aprovechan los delincuentes para realizar sus operativos, apoyados por sus «halcones», quienes mantienen un efectivo sistema de comunicación y alerta, por lo que se observa, mejor que los del gobierno, o ante la ausencia de autoridad. Tanto dinero, tantos hombres, vehículos, armas y pertrechos los del gobierno, como para que los bandos en pugna se movilicen impunemente. Por eso, cierto o no, la sospecha siempre estará presente.
Lo actos violentos y sincronizados de ayer y hoy, son una muestra clara de dos cosas: De la incapacidad del gobierno, en todos los sentidos, para enfrentar el problema y de, en consecuencia, la capacidad estructural y operativa de los grupos fácticos para actuar a la hora que ellos decidan. Por lo visto, nada ni nadie los detiene.



