CIUDAD DE MÉXICO. – Bajo un sol que no dio tregua, pero con una determinación aún más radiante, miles de mujeres volvieron a hacer vibrar el asfalto de la capital este domingo 8 de marzo. Al grito de «¡No que no, sí que sí, ya volvimos a salir!», la movilización por el Día Internacional de la Mujer transformó el Paseo de la Reforma en un cauce de lucha, sororidad y exigencia de derechos.
La jornada, que se ha consolidado como el epicentro de la protesta social en el país, tuvo su punto de reunión más simbólico en la Glorieta de las Mujeres que Luchan. Desde allí, diversos contingentes —madres buscadoras, colectivas feministas, estudiantes y familias completas— iniciaron una histórica caminata con un destino claro: el Zócalo capitalino.
Un eco de justicia en cada paso
A diferencia de otros años, la marcha de este 2026 se vive bajo una atmósfera de profunda reflexión. Con la presencia de la primera mujer en la presidencia de la República, las demandas no han cesado; por el contrario, se han agudizado. Las pancartas, pintadas con nombres de quienes ya no están, exigen lo que sigue siendo una deuda histórica: seguridad, acceso real a la justicia y el fin de la violencia sistemática.
«No marchamos solo por nosotras, marchamos por las que vienen y por las que nos arrebataron. Estar aquí es decir que nuestra autonomía no es negociable», expresó una de las manifestantes frente al Palacio de Bellas Artes.
Tejiendo redes de esperanza
El recorrido por Avenida Juárez y la calle 5 de Mayo fue un mosaico de empatía. Mujeres desconocidas se abrazaban, compartían agua y coreaban consignas que erizaban la piel. La movilización no fue solo una protesta, sino un espacio de sanación colectiva donde el dolor por las desaparecidas y las víctimas de feminicidio se transformó en una fuerza imparable para sostener el cambio.
El Zócalo: El epicentro de la resistencia
Al llegar a la Plaza de la Constitución, el estruendo de los tambores y las voces al unísono recordaron al Estado y a la sociedad que la lucha por la igualdad es permanente. El 8M en la Ciudad de México reafirma su papel como el termómetro de una nación que ya no se queda callada, donde cada paso dado hoy es una semilla de libertad para las niñas del mañana.
La marcha continúa de manera pacífica, custodiada por el espíritu de miles que, año tras año, demuestran que mientras no haya justicia, las calles seguirán siendo de ellas.



