Felipe Guerrero Bojórquez
La soberanía soy yo. Y el pueblo organizado tendrá que defenderme de la injerencia de Estados Unidos.
Más o menos así podría resumirse la nueva doctrina internacional de Andrés Manuel López Beltrán.
Porque, según Andy, lo suyo ya no es simplemente la suspensión de una visa por decisión soberana de otro país. No. Estamos ante algo muchísimo más grave: una “inminente embestida” contra la soberanía nacional frente a la cual los mexicanos debemos informarnos, organizarnos y, suponemos, cerrar filas.
¿En torno a México?.No exactamente.
En torno a Andy.
El hijo del expresidente Andrés Manuel López Obrador reapareció en Tabasco para agradecer las muestras de “solidaridad, cariño y afecto” recibidas después de que Estados Unidos le retirara el permiso para ingresar a su territorio.
Y entonces elevó su problema migratorio personal a categoría de conflicto internacional.
Porque una cosa es que Estados Unidos le retire la visa a cualquier mexicano y otra, evidentemente, que se la retire a él. Ahí cambia la geopolítica.
La visa deja de ser visa, Andy deja de ser Andy y el agravio personal se transforma, por alguna extraña alquimia política, en un atentado contra 130 millones de mexicanos.
Luis XIV necesitó una monarquía absoluta para acuñar aquello de “El Estado soy yo”. Andy, más modesto, necesitó solamente que le cancelaran la visa para expresarnos claramente: la soberanía soy yo.
Pero hay algo todavía más interesante.
Mientras López Beltrán convocaba prácticamente a organizar la resistencia nacional frente al imperio, desde Washington el subsecretario de Estado Christopher Landau respondió con unas cuantas palabras. No con diplomacia, ni tratado de soberanía: con palomitas.
“¿Estás disfrutando el show? Sírvete más palomitas, te encantará la siguiente parte”.
¡Zaz!
La frase está cargada de sarcasmo, de burla, pero también contiene algo políticamente mucho más interesante..¿Cuál es la siguiente parte? Landau no lo dijo.
Y precisamente, parafraseando a Cantinflas, ahí está el detalle.
No puede afirmarse que esté anunciando nuevas medidas contra Andy o cualquier otro morenista.
Pero tampoco parece muy preocupado de que lo corra Trump. Más bien parece estar disfrutando la función. Y pidiendo que nadie abandone la sala porque la película todavía no termina.
Andy, mientras tanto, sigue con su rollo de llamar a sus simpatizantes a “informarse y organizarse” frente a la ofensiva extranjera. Pero tampoco explica en qué consiste esa supuesta “inminente embestida”.
Tampoco qué debe hacer exactamente “el pueblo organizado”. ¿Marchar?¿Defender las fronteras?
¿Tomar la embajada? ¿O acudir en multitud al consulado estadounidense para exigir que le devuelvan la visa al heredero?
Porque ése es precisamente el absurdo.
Andrés Manuel López Beltrán no es presidente de México. No es secretario de Relaciones Exteriores. No es embajador..No representa al Estado mexicano. Es el hijo de un expresidente que aspira a ser diputado federal.
Tiene todo el derecho de protestar, inconformarse, exigir explicaciones y considerar injusta la decisión estadounidense.
Pero lo que resulta extraordinario es transformar su visa en nuestra soberanía. Y que la presidente Claudia Sheinbaum le siga el rollo.
¿Estamos ante una nueva doctrina diplomática mexicana? Es que si le cancelan la visa a Andy, nos agreden a todos. Y quizá mañana descubramos que su pasaporte también forma parte del territorio nacional.
El problema es que mientras Andy infla el pecho, se envuelve en la bandera y convoca al pueblo a defender la soberanía encarnada en su persona, desde Washington Landau parece contemplar el espectáculo desde una butaca. Con palomitas.
Y aquí lo inquietante no es el «show» ni las «palomitas», sino las últimas cuatro palabras:
“Te encantará la siguiente parte”.
¿Bravuconada? ¿Burla? ¿Advertencia? No se sabe. Pero según Landau, la función apenas empieza.



