Felipe Guerrero Bojórquez
La frase parece institucionalmente impecable: “La agenda de Sinaloa es la agenda de la Presidenta Sheinbaum”.
Lo boletinó el Gobierno estatal después del primer encuentro de la gobernadora Graciela Domínguez con Claudia Sheinbaum en Palacio Nacional.
Pero la declaración de la gobernadora interina lleva por consecuencia a otra pregunta: ¿y cuál es la agenda propia de Sinaloa?
Sobre todo porque en el encuentro de las mandatarias volvieron a surgir las palabras de siempre: coordinación, seguridad, paz y bienestar para las familias sinaloenses.
El discurso genérico de siempre. Conceptos desgastados por una realidad que camina por otro lado y que se empeña en desmentir a la expresión oficial.
En seguridad se presume coordinación entre los tres niveles de gobierno, mientras Sinaloa continúa atrapado en una violencia que lleva dos años golpeando familias, negocios y comunidades. Y trastocando severamente la vida cotidiana. La gente vive con miedo.
El despliegue federal se ha reforzado y las autoridades reportan detenciones y decomisos, pero la crisis no está resuelta. Si, la crisis continúa porque responde a mecanismos operados desde las negruras del poder. Hilos no tan invisibles a veces que se mueven para impedir, desde dentro mismo, el combate a los causantes del mal. Así se mueven las complicidades entre el crimen y el poder político.
Y luego el discurso del bienestar.
¿Bienestar? Bienestar no puede convertirse en sinónimo de toda la política de desarrollo de un estado.
¿Dónde queda la infraestructura pública? ¿Las carreteras? ¿Las calles destruidas? ¿Los hospitales? ¿Los medicamentos? ¿El campo? ¿La pesca? ¿La inversión productiva? ¿La generación de empleos?
Eso también debería ser parte central de una agenda sinaloense para el desarrollo.
Porque los programas sociales son solo parte de una política pública financiada con recursos presupuestales y tienen beneficiarios concretos. Y beneficios político-electorales para el régimen. Claro eso se reflejará en el enorme acarreo con recursos públicos, de alrededor de 500 camiones contratados y pagados con nuestros impuestos; a un acto que se supone es republicano y donde se invoca la honestidad de un gobierno austero. Estan obligando, además, a todos los funcionarios de todos los niveles del estado y municipio para que asistan a la glosa presidencial. El PRI de los 70 se queda corto.
Sheinbaum llegará el domingo a Culiacán para presentar los resultados de su Segundo Informe. El acto, originalmente anunciado en el Parque 87, fue cambiado a las instalaciones de la Feria Ganadera; la dirigencia estatal de Morena también ha difundido la convocatoria, aunque oficialmente se trate de un evento ciudadano público de rendición de cuentas.
Y aunque no lo quiera, la Presidente encontrará un Sinaloa bastante más complejo, más allá de las vallas y el templete: productores agrícolas inconformes, pescadores con demandas, colectivos de búsqueda reclamando resultados y ciudadanos que cuestionan servicios públicos, salud y seguridad.
Hace apenas unos días, además, la inconformidad salió a las calles. Esa expresión ciudadana debería ser escuchada antes que administrada. Pero hasta ahora no ha tenido respuesta. «Ni los veo ni los oigo», decía Carlos Salinas, el neoliberal mayor, pero cuya frase se acomoda muy bien en el «humanismo» de la 4T
Por eso quizá la cuestión no sea si la agenda de Sinaloa es la agenda de la Federación o si existe una agenda propia.
Porque una cosa es coordinarse con la Federación como una política indispensable de gobierno, y otra es depender de ella para definir las prioridades del estado.
Y mientras los discursos hablan de paz y bienestar, hay una agenda paralela, distinta a la que se arma en Palacio Nacional y que, dicho por la propia gobernadora, es la misma del Tercer Piso. Esa agenda la escribe todos los días la realidad sinaloense. Y esa no acepta aplausos, exige respuestas traducidas en soluciones.



