Por Rodrigo de Triana
¡Vaya, vaya! Resulta que la concha del rochismo sí tenía abertura, y no por obra de la marea, sino porque desde el tercer piso del Palacio de Gobierno finalmente decidieron usar el abrelatas.
Cuando medio Sinaloa juraba que la burocracia estatal seguiría congelada en el tiempo y guardada en el caparazón de la inercia, nos salen con el ya clásico, trillado y noble arte del «ajuste de tuercas estratégico». Ese eufemismo maravilloso que los politólogos usan cuando en realidad quieren decir: “¡Muevan esos escritorios y pónganse a trabajar, que el presupuesto no camina solo!”
La gobernadora Graciela Domínguez Nava decidió sacudir el avispero. El mensaje es claro: el reagrupamiento va, aunque a más de un acomodado se le haya cortado la digestión con los nombramientos.
Por supuesto, no podía faltar el condimento discursivo de rigor. La mandataria estatal aderezó la velada recordando las palabras mágicas del manual de la Cuarta Transformación: “austeridad”, “puertas abiertas”, “rendición de cuentas” y un muy conmovido “gobierno para todas y todos, sin exclusiones”. Todo un poema institucional diseñado para mandar una señal de control, cohesión de equipo y, sobre todo, para que nadie olvide quién lleva la batuta ahora que la gestión entra en su etapa de acelerador a fondo.
¿Pero cuál es la verdadera lectura entre líneas de esta sacudida de mata?
Abran bien el ojo, estimados lectores, porque aquí no hay casualidades, sino causalidades con aroma a pasillo legislativo. Quien revise con lupa el árbol genealógico de los nombrados notará que buena parte de estos cuadros no responden al viejo molde, sino que traen la marca del fierro de aquel liderazgo político que ejercieron Feliciano Castro y la propia Graciela Domínguez en sus dorados tiempos al frente de la bancada de Morena en el Congreso del Estado.
Así que nada de «azar político»: los pastores de ayer hoy reclutan a su propio rebaño para operar las áreas donde se mueve el dinero, la obra y el poder real. La concha se abrió, sí, pero solo para dar paso a quienes traen el sello de la casa.
¡Mucho ojo en la jugada!
Ah, y otra cosa de altísima relevancia. Si pensaban que el ajedrez político sinaloense se jugaba con piezas de madera, se equivocaron redondo: aquí se juega con navaja de afeitar. Y se los digo porque la Coordinadora de la Defensa de la Cuarta Transformación y Soberanía en Sinaloa, Imelda Castro, acaba de imponer una aduana de hierro contra la fauna local: fuera polizones, arribistas, «cachachambas», «cero votos», oportunistas, changos mecateros y demás saltimbanquis de la política.
Esta combinación entre el reordenamiento del gabinete de Graciela y el fustazo de Imelda no es otra cosa que el reinicio del software de la 4T en Sinaloa para encarar la sucesión gubernamental.
Entendámoslo de una vez: el movimiento en Obras Públicas, ISIFE y Finanzas no es un mero trámite administrativo, es electoral de choque. En Sinaloa, el malestar por la infraestructura atascada o las obras a medias le cobra la factura directo a la boleta. Graciela apretó las tuercas porque sabe perfectamente que el mejor coordinador de campaña de Morena tiene que ser un gobierno eficiente.
Por su parte, Imelda Castro puso en palabras el mayor riesgo de la 4T: la soberbia de la marca. Al advertir que mandar candidatos sin capital propio es «darse un balazo en el pie», le corta las alas a decenas de legisladores, alcaldes y funcionarios que planeaban reelegirse o saltar de barco nomás por traer puesto el chaleco guinda. El impacto inmediato es una sacudida brutal en los municipios: el que no mida bien en las encuestas, simplemente no va.
El impacto electoral es contundente: se acabó la era de las candidaturas de regalo y la burocracia contemplativa. Sinaloa entra a la recta decisiva con una maquinaria estatal recalibrada y una lista de aspirantes sometida al filtro del territorio. El que traiga votos, sube; el que dependa de la inercia o la palanca, se queda en la orilla.



