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Chispazo/El desafío de Imelda Castro

Por Felipe Guerrero Bojorquez

El nombramiento de Imelda Castro como coordinadora estatal de la Defensa de la Cuarta Transformación cayó bien entre una amplia franja de la militancia de Morena y parte de la sociedad sinaloense, por una razón: muchos creyeron que el rochismo estaba derrotado.

Hoy, con el paso de los meses, la propia militancia y la sociedad han comprobado que el mando de Rubén Rocha sobre la estructura burocrática sigue vigente. Imelda, la mujer que tantas agresiones públicas sufrió por parte del ahora gobernador con licencia, en vez de mantener una prudente distancia política, ha dado la impresión de que, después de su ungimiento, se convirtió en la más rochista de los rochistas.

De ella no se esperaba, por estrategia política, un deslinde total; pero sí, al menos, que en su discurso estableciera una diferencia clara con un grupo de poder que le ha hecho mucho daño a Sinaloa y al propio movimiento en el que milita la hoy coordinadora y posible candidata de Morena a la gubernatura.

No lo ha hecho ni parece que lo hará por una sencilla razón: en Sinaloa, el morenismo de origen fue avasallado por el rochismo, una estructura integrada por un grupo de universitarios que, desde los tiempos de Rocha como rector, hicieron equipo con él. También forman parte de esa estructura familiares, amigos, compadres, ahijados, recomendados y otros personajes designados desde grupos de poder externos. La mayoría de ellos es ajena a la izquierda y a la propia gestación del Movimiento Regeneración Nacional.

De Imelda Castro se esperaba el rescate de Morena en Sinaloa, de sus fundadores y de sus principios. Sin embargo, hasta hoy ha demostrado debilidad ante la estructura de Rubén Rocha, quien ya la mandó llamar a la oficina donde opera en una de sus tantas casas en Culiacán.

Se suponía que lo primero que haría la hoy coordinadora sería pedir las llaves del partido y exigir cambios en el gobierno de Graciela Domínguez, con el propósito de operar la salida de los principales rochistas del gabinete. Entre ellos, principalmente, la secretaria general de Gobierno, Yeraldine Bonilla, quien, según se afirma, rinde cuentas a diario al senador Enrique Inzunza y recibe órdenes de Rubén Rocha, no de su “jefa”, la gobernadora.

Nada de eso ha logrado Imelda. Mucho menos ha conseguido rescatar a Morena, un partido que en Sinaloa no existe como estructura operativa y militante en los municipios. Lo que realmente existe son burócratas que operan administrativamente los programas sociales a través de los Servidores de la Nación, cuyos chalecos guindas los hacen parecer funcionarios y, al mismo tiempo, los identifican como morenistas. Se trata del partido-gobierno, un modelo centralista, que abanderó el viejo PRI, contra el que luchó durante décadas la verdadera izquierda de este país.

Si alguien pregunta en los municipios quiénes son los dirigentes de Morena o dónde se localizan sus oficinas, nadie sabrá responder, porque prácticamente no existen. Su dirigente estatal es un verdadero desconocido que solo responde a las indicaciones del clan Rocha. Únicamente la sede estatal cuenta con oficinas, aunque son inoperantes.

Además, el partido recibe una bolsa anual de 77 millones 164 mil 282 pesos, de cuyo manejo no se rinden cuentas claras. ¿Quién administra ese dineral? Imelda Castro no. Morena tampoco. Lo maneja el rochismo.

Por eso Imelda Castro ha preferido ser condescendiente con Rubén Rocha, a pesar de todo: del trato que recibió de él y de la conducción de un gobierno que ha provocado el repudio de buena parte de los sinaloenses.

Por eso, precisamente, la coordinadora no ha logrado despuntar en las encuestas: porque ha matado las esperanzas de muchos ciudadanos y de miles de militantes y simpatizantes de origen. En lugar de un deslinde prudente, optó por el sometimiento y, de manera implícita, se sumó a la protección de alguien que, más allá de las acusaciones en su contra formuladas en Estados Unidos por presuntas ligas con el Cártel de Sinaloa, habría faltado a los principios fundamentales de la llamada Cuarta Transformación de no robar, no mentir y no traicionar.

Sin embargo, Imelda Castro todavía tiene la oportunidad de reivindicarse, tomar el mando y enviar señales claras de que no avalará la corrupción ni la colusión con los poderes fácticos. Comprometerse a que el Sinaloa material y espiritualmente destrozado resurgirá bajo un proyecto capaz de rescatar la economía y restablecer la seguridad pública, la salud, la educación y los servicios públicos más elementales.

Hace falta un mensaje en el que demuestre que tiene los arrestos necesarios para deslindarse porque, al final, está en juego su destino político o el del rochismo, condenado ya por la historia.

Si no lo hace, como hoy lo indican claramente las encuestas, la oposición y los ciudadanos podrían arrollarla en las urnas. Entonces, una vez más, la maldición del rochismo se hará presente en alguien que legítimamente quiso gobernar Sinaloa, pero que desde el inicio fue doblegada desde adentro.
La víctima política que faltaba para rubricar el cuadro de la mano peluda. Y de los gringos. Porque Imelda Castro deberá ahora tener claro que está en el radar del imperio y que corre el riesgo de que la confundan. De ese tamaño. Ya veremos.

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