Felipe Guerrero Bojórquez
Hay una frase que el gobierno repite con solemnidad cada vez que realiza un operativo espectacular: “contra el Estado mexicano nadie puede”. Así fue con la captura y muerte de Nemesio Oseguera, El Mencho.
Suena bien. Suena firme la expresión. Suena incluso patriótica y heroica. Pero nomás suena.
Basta abrir cualquier medio informativo o revisar los reportes de violencia nacional para descubrir que, en realidad, es al revés. Es decir, quien parece poder con todo es el crimen organizado.
La violencia ya no es un fenómeno aislado ni regional. Se ha convertido en una metástasis nacional que invade todos los espacios de la vida pública: líderes sociales asesinados, funcionarios ejecutados, policías emboscados, ciudadanos desaparecidos. Un día ocurre en Zacatecas, otro en Michoacán, en Chihuahua, en Guerrero, luego en Sinaloa, aquí, allá y acullá… y ahora en Colima.
Ahí, en un estado que durante años fue considerado pacífico, la violencia terminó por instalarse como si fuera parte del paisaje.
El más reciente episodio fue el asesinato de Samuel González Rodríguez, presidente de la Asociación Ganadera de Cuauhtémoc, conocido como “El Cuervo”. Tenía 69 años y apenas el primero de marzo había rendido protesta para un nuevo período al frente del organismo ganadero.
Su pecado fue el mismo que ha condenado a muchos líderes productivos en el país: denunciar la extorsión y la presión criminal contra su sector.
La noche del ataque salía de un rancho en la colonia La Lagunilla cuando hombres armados lo alcanzaron y abrieron fuego contra su camioneta. Aunque fue auxiliado y trasladado de inmediato a un hospital, murió en el trayecto.
Horas después vino el ritual burocrático que ya todos conocemos. La escena del ataque criminal acordonada, la carpeta de investigación abierta, los peritos levantando indicios y la promesa oficial de siempre:
“No descansaremos hasta dar con los responsables.”
La misma frase que se repite desde hace años…y que casi siempre termina archivada mientras los criminales siguen haciendo de las suyas.
El problema es más profundo que un crimen aislado. Colima dejó de ser aquel estado tranquilo para convertirse en uno de los territorios más violentos del país. La explicación es conocida: la disputa por el puerto de Manzanillo, uno de los puntos estratégicos para la entrada de precursores químicos provenientes de Asia con los que se fabrican metanfetaminas y fentanilo.
Ese puerto se volvió una joya criminal. Droga y huachicol fiscal, trasiego internacional donde los delincuentes de cuello blanco, con control aduanal, dominan todo. Como dijo el de La Chingada, nada se hace sin el consentimiento presidencial. Sopas perico.
Por eso hoy el pequeño estado vive la guerra entre organizaciones del narcotráfico que buscan controlar esa puerta logística del Pacífico. De ahí los bloqueos carreteros, la quema de vehículos, los ataques a comercios y las jornadas violentas que paralizan ciudades enteras.
No es solo narcotráfico. Es también extorsión, desapariciones, desplazamientos forzados y una economía que empieza a vivir bajo el impuesto criminal.
Mientras tanto, desde el poder se insiste en que los homicidios bajaron 35 por ciento o que en ciertos estados, como Sinaloa, se redujeron hasta en un 50 por ciento. Una curiosa alquimia estadística donde las ejecuciones parecen disminuir en los informes, aunque la sangre siga corriendo en las calles con igual o más intensidad.
Porque ahora resulta que no todos los asesinatos son de alto impacto. Como si morir a balazos pudiera clasificarse según el humor de la estadística y la declaración convenenciera.
Pero la realidad siempre se impone en el ánimo en vilo de la gente. Cuando asesinan a un líder social, a un empresario o a un ciudadano común, el mensaje que queda en el aire es el mismo. Que el crimen puede,
que el miedo gobierna y que el Estado, muchas veces, no solo no evita la tragedia sino que solo le alcanza para narrarla después de que ocurre.
Mientras tanto, Colima arde.
Y el país escucha una vez más el viejo discurso de justicia futura.
Esa que siempre promete arribar pronto y nunca llega, mientras el crimen nunca espera.



