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sábado, 15 agosto, 2026

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Chispazo/La caída que se pudo evitar

Felipe Guerrero Bojórquez

El dictador no le midió bien el agua a los camotes. Su índole soberbia no le permitió ver con claridad lo que venía.
Nicolás Maduro creía, en su tozudez mesiánica, que controlaba el reloj, hasta que el tiempo le estalló en las manos.
Ese tiempo que lo juzga todo y que desde hace meses le marcaba los pasos.

Y no se trata de justificar un acto como el realizado por Estados Unidos al detener al dictador venezolano; se trata de que éste pensó que Donald Trump se quedaría en la amenaza y, ante ello, las bravatas de su soberbia crecieron en el reto y el desafío al imperio.

Queda claro que Donald Trump invadió otro país por encima de normas internacionales pero, igualmente, en esa lógica, Maduro se mantuvo en el poder de manera ilegítima al violentar la voluntad del pueblo venezolano.

Si Nicolás Maduro hubiese aceptado su derrota electoral, hoy no estaría en la antesala de ser juzgado bajo las reglas y acusaciones del enemigo contra el que no supo mover las fichas. Un señalamiento justo a la medida de la acción invasora: Narcoterrorismo.
No hay duda, la soberbia, ese vicio perro de los autócratas, suele confundir poder con impunidad.

Se lo dije a Nicolás —y que lo escuchen bien Miguel Díaz-Canel, Daniel Ortega, Gustavo Petro y Claudia Sheinbaum. Hoy el gobierno de los Estados Unidos se erige, más que nunca, en el guardián del mundo al que pretende dominar totalmente. Y desde su visión, principalmente en América Latina, los gobiernos de izquierda se le han convertido en automático en un problema, sobre todo porque les caracteriza su aliento autoritario y su proclividad a no combatir a los grupos criminales. Por supuesto, detrás de ello se encuentra el interés de EU por los recursos naturales de esos países.

Pero, al mismo tiempo, los gobiernos de izquierda no han entendido que se enfrentan a un imperio renovado, capaz de cualquier cosa bajo diversos pretextos. Por el contrario, siguen empeñados en su autoritarismo y concentración desmedida de poder. Mucho Estado, poca ciudadanía. Mucha protección al crimen y mucha violencia en sus diversos órdenes; mucho desorden institucional y mucha arbitrariedad en la conducción del gobierno. Mucha concentración de poder y poca democracia. Mucho ceder espacios de poder público a los grupos fácticos. Los gobiernos de izquierda en América Latina, ven por su interés sectario y al mismo tiempo exponen los recursos naturales de sus respectivos países, amenazados por Estados Unidos bajo argumentos irrefutables, aunque jurídica y operativamente cuestionables.

Por ejemplo, la presidente Claudia Sheinbaum invoca la Carta de la ONU y acusa a Estados Unidos de violentar la soberanía venezolana. Cuidado. Ese alegato le puede rebotar en la misma frase y acción de AMLO, su mentor, cuando dijo: “No me salgan ahora con el cuento de que la ley es la ley”. La realpolitik no perdona ingenuidades retóricas.

México, ante el fraude descarado en Venezuela, optó por el silencio y luego buscó la neutralidad buscando convertirse en árbitro. ¿Neutralidad o complicidad? Que se lo pregunten a Trump.

Hay un dato incómodo que conviene subrayar: si Estados Unidos logra acorralar, sin invasión masiva, a un hombre rodeado de miles de soldados, entonces puede desmantelar en horas a organizaciones criminales en México y detener a sus jefes. En la lógica de combate estadounidense, esos jefes están protegidos, por omisión o por pacto, desde el poder local. Y eso explica la presión.
La estrategia para capturar a Maduro ya estaba dibujada. Todo mundo lo miraba menos él. Su caída dejó de ser cuestión de sí y se volvió asunto de cuándo. Y el cuándo le llegó exactamente a la hora y el día que los gringos decidieron.

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