Felipe Guerrero Bojórquez
El régimen de la Cuarta Transformación apenas transita por su segundo sexenio. Sería aventurado afirmar que, en la próxima elección, Morena perderá la mayoría en la Cámara de Diputados, las gubernaturas, los congresos locales y los ayuntamientos. Sin embargo, existe la posibilidad real de que pierda posiciones y de que su poder casi absoluto se reduzca a una mayoría insuficiente para imponer decisiones.
El modelo de gobierno que inició con Andrés Manuel López Obrador llegó con un alto grado de popularidad, que se mantuvo hasta poco más de la mitad del sexenio. Al final, sin embargo, la estrategia manipuladora comenzó a resentir el rechazo provocado por las promesas incumplidas y por el exceso absolutista de un discurso que terminó desmintiendo la realidad.
El jefe máximo dejó suficientes contradicciones entre lo prometido, lo dicho y lo ocurrido como para alimentar entre sus críticos una imagen de la que difícilmente podrá desprenderse su legado: la del gobernante que hablaba en términos absolutos y cumplía bastante menos de lo que proclamaba.
La palabra fue, durante años, una de las grandes fortalezas de López Obrador, hasta que la realidad comenzó a cobrarle la factura.
Eso fue precisamente lo que heredó Claudia Sheinbaum: un país dividido y sin la fortaleza de aquella base social que permitió a López Obrador hacer y deshacer. Una nación fracturada y un proyecto estructuralmente corrompido, cuyos operadores continuaron actuando como piezas de control frente a la mandataria, aunque ella trate de negarlo.
Dos años bastaron para que la purulencia reventara y se hiciera más evidente. En este lapso, el régimen ha tenido que enfrentarse consigo mismo y desafiar, aunque de manera parcial, a las fuerzas del mal heredadas del obradorismo.
A medias, porque se trataba de someter a un grupo que continuó haciendo negocios desde el poder, en complicidad con el crimen organizado.
Por eso el régimen se vio obligado a encarcelar a Hernán Bermúdez Requena, acusado de ser líder del grupo criminal La Barredora, pero evitó tocar a Adán Augusto López, a quien se señala de estar ligado a esa organización. Detuvo también a los hermanos Fernando y Roberto Farías, a quienes se atribuye responsabilidad en la trama del huachicol fiscal, pero ni siquiera llamó a declarar a su tío, el exsecretario de Marina Rafael Ojeda Durán, quien —según diversas versiones— estaba enterado e involucrado en el caso.
Tampoco la Fiscalía General de la República, encabezada por Ernestina Godoy, ha llamado a declarar a un personaje identificado como “Andy”, mencionado en el expediente huachicolero. Ni, nuevamente, a Adán Augusto. Tampoco han sido tocados los gobernadores y funcionarios de Morena señalados por Estados Unidos por sus presuntos vínculos con el narcotráfico. La lista es larga.
A Sheinbaum le estalló una bomba cuyo diseño y fabricación fueron consustanciales a la naturaleza del régimen de AMLO, como lo evidencia su propia filosofía: “abrazos, no balazos”.
Por eso, hoy el reto no consiste en dar a conocer lo que ha hecho el gobierno de Sheinbaum durante estos dos años. El verdadero desafío es contener lo que ahora brota de un sexenio cuya corrupción terminó convirtiéndose en su estructura de conducción.
No hubo operación —sobre todo en las fallidas y faraónicas obras del obradorismo— en la que sus hijos y su primer círculo no metieran mano, incluidos empresarios cercanos y, presuntamente, organizaciones criminales.
Por eso la presidente, sobre todo ante la presión de Estados Unidos, no ha tenido más remedio que ir contra criminales de rango intermedio que, desde luego, no tenían el poder de decisión suficiente para mover una maquinaria oficial al margen de la ley y obtener ganancias por huachicol superiores a los 600 mil millones de pesos.
¿La sociedad mexicana cree que los principios de no robar, no mentir, no traicionar que la 4T enarbola aún se mantienen incólumes? Muy difícil, pero sus seguidores sí. Son los mismos que se alimentan de los fantasmas del injerencismo, la soberanía y los traidores a la patria. Un sonsonete ya muy desgastado, pero que todavía funciona —por conveniencia, convicción o ignorancia— entre muchos de quienes se sienten beneficiados por el régimen.
Por eso, la disputa electoral de 2027 no será un día de campo. López Obrador mantuvo el control a base de no pocas mentiras. Claudia Sheinbaum no solo carece de ese dominio: lucha por conservarlo y, al mismo tiempo, enfrenta a quienes contribuyeron al desgaste del proyecto de la Cuarta Transformación.
¿Morena mantendrá el poder casi absoluto en 2027? ¿O ese año marcará la pauta para que en 2030 tenga que entregar el poder?
La respuesta no depende únicamente de la oposición. El triunfo opositor, o la derrota de Morena, dependerá del crecimiento de la inconformidad social que el propio régimen continúe generando.



