Felipe Guerrero Bojórquez
La presidente Claudia Sheinbaum, por lo que se ve, ha decidido dejar de administrar la herencia y empezar a ejercer el poder. Si esto es realmente así, le urgía oxigenar Morena y ofrecer la idea real de que ella toma las decisiones.
Al menos así lo indica el relevo que, por lo que se observa, no es un ajuste de rutina; es la operación con la que la Presidente busca tomar el control de su partido, desplazar los últimos residuos del obradorismo interno y terminar con la percepción de que en México se gobierna desde Palacio, sí, pero se manda desde Palenque. Claro, es el deseo de muchos morenistas alineados a la presidenta, que han confirmado estos cambios desde la cancha del Zócalo y no desde la selva. Literal: desde la selva.
La salida de Luisa María Alcalde y el ascenso de Ariadna Montiel forman parte de esa lógica. No se trata sólo de sustituir a una dirigencia desgastada, sino de instalar un mando confiable, compacto y absolutamente alineado con Sheinbaum. Se supone que Montiel, la estratega de los programas sociales, no llega para el discurso ni para la pose: llega para operar, ordenar y disciplinar.
Pero hay otra figura clave en el movimiento presidencial que algunos analistas observan: una especie de complemento que cierra la pinza de la reestructuración de corto plazo. Si Ariadna será la pieza de control territorial, estructura y movilización, Citlalli Hernández aparece como el factor de equilibrio político, negociación interna y contención de conflictos. Una endurece, la otra procesa. Una pone orden, la otra evita que esa nueva disciplina reviente al partido. Un Claudista de hueso colorado me dijo que ese uno-dos retrata exactamente el tipo de conducción que Sheinbaum quiere imponer y que muchos morenistas desean: mando sin rebelión y disciplina sin ruptura. ¿Será real este objetivo, o todo obedece a la lógica del deseo de algunos cuadros reflexivos que buscan que las cosas cambien al interior?
La eventual salida de Andrés Manuel López Beltrán refuerza todavía más el mensaje. El hijo que por herencia quiere la corona, solo dejó un batidero interno y la idea de un nepotismo de suyo corroído. Si al junior fifí no lo mandan a un lugar donde decida, entonces Morena entraría realmente en una fase de depuración de lealtades. Los afines a la presidente, tienen la esperanza de que los nuevos dirigentes desmonten la red de influencias que mantienen al partido orbitando alrededor del apellido fundador. ¿Realmente estos cambios significan en el fondo una disputa por la titularidad real del poder?
El problema es que esta operación también exhibe la precariedad institucional de Morena. Un partido que necesita ser reordenado desde la Presidencia para no fracturarse, confirma que nunca terminó de convertirse en una organización con vida propia. Sigue siendo, más que un partido, una maquinaria electoral dependiente del mando superior.
Sheinbaum necesita apropiarse de Morena por una razón política elemental: sólo así puede fortalecerse como mandataria de aquí a 2030. Sólo así Sheinbaum puede ser Sheinbaum y sólo así puede cerrar la brecha entre la investidura formal y el poder efectivo. Sólo así puede convertirse, sin matices, en la presidenta que no comparte el mando con ninguna sombra.
¿Y hasta dónde está dispuesto López Obrador a cederle el poder real a Claudia Sheinbaum? Hasta donde Claudia esté dispuesta a obedecerlo y hasta donde permita que la herencia maldita despedace al país. O cambia o le sigue de punta, porque haga una cosa o la otra, la historia será implacable para su bien o para su mal. Y ella lo sabe.
De cualquier modo, el costo de esos cambios estarán pronto a la vista. Al rescatar a Morena del desorden, Sheinbaum puede estar empujándolo hacia un partido disciplinado, centralizado y funcional al poder presidencial. Es decir, no sólo un partido fuerte, sino un partido de Estado.
Y esa sería la ironía mayor del sexenio; es decir, que para dejar atrás la tutela política de López Obrador, Sheinbaum termine reconstruyendo, bajo su propio mando, el viejo molde del presidencialismo mexicano.
Sin embargo, Sheinbaum tiene un reto: Más allá de afinar una maquinaria electoral, lograr que el electorado crea en su gobierno y en su partido. 2027 será crucial para el proyecto de la Cuarta Transformación. Ya veremos.
Chispazo/La hora de Sheinbaum
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