Felipe Guerrero Bojórquez
Ricardo “El Pity” Velarde, a pesar de su juventud, ya se había consolidado como un empresario exitoso cuando lo alcanzó la tentación de la política.
Empresario mazatleco, restaurantero, desarrollador y hombre del entretenimiento nocturno, construyó desde muy temprano una importante red de negocios. Después llegó la política y el ascenso fue todavía más rápido.
Su cercanía con el entorno de Rubén Rocha Moya, particularmente con sus hijos, acompañó una carrera meteórica: fue director de Desarrollo Económico Turismo y Pesca del Ayuntamiento de Mazatlán; luego, encargado del despacho de la Secretaría de Turismo; posteriormente, secretario de Economía, y comenzó a perfilarse como aspirante a la alcaldía de Mazatlán.
Estaba en la cúspide y tenía todo el horizonte a su alcance. Poseía empresas en pleno auge, relaciones, poder y un futuro político inigualable.
Hasta que desapareció Carlos Emilio Galván Valenzuela.
El joven duranguense fue visto por última vez el 5 de octubre de 2025 en Terraza Valentinos, un establecimiento del grupo empresarial en el que “El Pity” figura como accionista.
Después vino todo en cascada.
Cateos. Su salida del gabinete, anunciada anticipadamente por el entonces gobernador Rubén Rocha, lo tomó por sorpresa. Entonces comenzó a sentirse desprotegido, quizá decepcionado.
De pronto llegó otro anuncio: la atracción federal de la investigación. Y uno más: su comparecencia ante la Fiscalía Especializada en Materia de Delincuencia Organizada (FEMDO), en calidad de testigo.
Finalmente, recibió otro golpe: la Unidad de Inteligencia Financiera congeló cuentas personales, de socios y de diversas empresas relacionadas con su estructura empresarial.
Hoy, la UIF investiga presuntas irregularidades financieras y presentó una denuncia ante la FGR.
Hay que subrayarlo: una investigación no significa culpabilidad. Hasta ahora, no existe una resolución judicial que demuestre que Velarde haya cometido lavado de dinero o que perteneciera a una estructura criminal.
Pero una cosa es el expediente judicial y otra, la realidad política.
Porque con “El Pity” no cayó solamente un secretario. También se desplomó un proyecto político construido bajo el cobijo del rochismo.
El empresario que parecía encaminado hacia la presidencia municipal de Mazatlán dejó de hablar de candidaturas, de hacer relaciones públicas y de cabildear en las oficinas del poder, para comenzar a armar estrategias jurídicas y defender sus cuentas, empresas y patrimonio ante los tribunales.
Empezó a peregrinar por senderos de abrojo y a pisar espacios donde predomina la orfandad. También tuvo que recurrir a la pregunta que, en su momento, todo Sinaloa se hacía:
¿Y Rocha?
¿Hasta dónde llegó “El Pity” por su propia capacidad empresarial y hasta dónde lo impulsó su cercanía con el poder?
Porque su ascenso empresarial comenzó antes del rochismo, pero su vertiginosa carrera política ocurrió precisamente dentro de ese círculo que, al mismo tiempo, iniciaba su declive.
Ricardo Velarde representaba a una nueva generación empresarial incorporada al poder político: un personaje joven, exitoso y cercano al núcleo gobernante, capaz de proyectarse electoralmente para, desde el gobierno, expandir el círculo exitoso de sus negocios.
Ese proyecto, por ahora, también quedó congelado, como sus cuentas.
Y todo comenzó con un hecho que ninguna investigación financiera, batalla política o expediente ministerial debería borrar: la desaparición de Carlos Emilio.
Casi un año después, su madre sigue preguntando dónde está; la FGR investiga, la UIF sigue la ruta del dinero y “El Pity” Velarde libra una batalla jurídica por sus empresas y sus cuentas.
El hombre que parecía subir a toda velocidad descubrió que existe un desplazamiento todavía mayor: el salto al vacío, provocado por la densa niebla del destino, que oculta el abismo y se alimenta de la confianza infinita que otorga el poder.
Pero detrás de la crisis empresarial y política de Ricardo Velarde permanece una pregunta mucho más importante:
¿Dónde está Carlos Emilio?



