Felipe Guerrero Bojórquez
Hoy la verdadera oposición en México no se llama PRI, PAN ni Movimiento Ciudadano. Se llama hartazgo ciudadano.
Y el hartazgo ciudadano tiene cara de madre que busca a su hijo; de comerciante extorsionado, en manos del crimen sin saber a quien recurrir; tiene cara de miedo y de encierro; de joven que se quiere largar del país, porque aquí su futuro está empeñado en la casa de cambio de la ambición y la cobardía, o en el egoísmo, de quienes no han sabido defenderlo.
PRI y PAN, como estructuras partidistas, representan muy poco, aunque hay honrosas excepciones a las que la nomenclatura margina.
Ni esperanza, ni coraje, ni dignidad han mostrado ante el tamaño de la opresión ciudadana y el discurso de sus dirigentes se encamina, en el fondo, a querer dar consejos de cómo gobernar. A querer quedar bien. Por eso no los pelan, porque muchos de ellos
perdieron el crédito moral y ahora solo administran estructuras formales, en las que se refugian sin atreverse a ser humildes, a pedir perdón por los abusos del pasado.
Se comportan como si siguieran siendo gobierno: pactan, negocian, se arrodillan.
En los estados donde gobierna Morena,
los líderes «opositores» locales ya son empleados del régimen, y en la cúpula nacional se reparten entre ellos las candidaturas pluris; y las de mayoría son para aquellos que le quieran meter dinero y que, al mismo tiempo, les produzcan los votos necesarios para alcanzar el porcentaje exigido. Es el negocio, pues.
Y en esa lógica, la «oposición» no busca ganar elecciones, buscan sobrevivir. No quieren cambiar al país, quieren conservar su curul, su plurinominal, su robusta dieta.
Trabajo de tierra… ¿qué es eso?
Ellos no caminan colonias, no tocan puertas, no pisan lodo. Les da miedo ensuciarse los zapatos, pero no ensuciarse la conciencia.
Y mientras tanto, Morena feliz.
No porque sea brillante, sino porque enfrente no tiene a nadie de cuidado, hasta ahora.
La inconformidad ciudadana crece,
pero la oposición no la recoge,
no la organiza, no la convierte en proyecto. Por el contrario, en vez de unirse, a los líderes les conviene dividirse, fracturar el voto para beneficiar con su «independencia» al régimen.
Resultado: La Cuarta Transformación puede seguir acumulando poder, impulsar reformas a modo, obtener
mayoría calificada y concentrar más sus políticas públicas.
Y no es que Morena gane precisamente porque las simpatías de la gente hayan crecido a su favor, gana porque la oposición está a punto de alcanzar la categoría de caricatura. Y eso sería una verdadera tragedia democrática.
A menos que en un arranque súbito la oposición rectifique, se una, busque candidatos ciudadanos que representen a los ciudadanos; a menos pues que decidan desde ahora romper lanzas con el cheque guinda; que sus líderes nacionales y locales implementen un plan en serio para ir al encuentro de la gente , denunciar y exigir desde la calle que el gobierno rinda cuentas y resultados; que decidan organizar a la sociedad para emprender una verdadera defensa de las instituciones y del país.. A menos.. Pero eso es pedirle a la utopía que deje de serlo a base de puro verbo, y a su moral política que abandone la degradación para convertirla en fortaleza, y que la dignidad regrese a sus mentes y a sus corazones. ¿Se vale soñar?
Se insiste, hay sus notables excepciones. Pero esos buenos líderes, o militantes, son las primeras víctimas de las mezquindades de quienes controlan, allá arriba, a esos partidos que todo tienen, menos ser de oposición.



