Felipe Guerrero Bojórquez
Hay ocasiones en que un párrafo desnuda mejor una realidad que una hora y media de discurso.
Claudia Sheinbaum eligió el Monumento a la Revolución para lanzar una prédica que la confirma en sus ideas de la izquierda radical latinoamericana: Pura 4T, puro AMLO, los que no están con nosotros están contra nosotros y son traidores al movimiento. Un discurso sin medias tintas, acartonado, cargado de soberanía, patriotismo y resistencia frente a lo que considera una nueva amenaza extranjera. Ahí defendió a Rubén Rocha y a los demás funcionarios requeridos en extradición por Estados Unidos, sostuvo que Washington pretende influir en la vida política nacional y justificó la reforma electoral impulsada por Morena bajo una consigna contundente: impedir que «Estados Unidos elija a nuestros gobernantes».
La presidenta tiene claro un objetivo: convertir un asunto judicial en un conflicto político. El problema es que al hacerlo también pareció trasladar el debate desde las acusaciones concretas contra determinados funcionarios, hacia una supuesta conspiración electoral de Donald Trump y los sectores conservadores estadounidenses.
Y entonces llegó la respuesta que muchos no esperaban. No vino en forma de amenaza, tampoco de ultimátum ni de discursos encendidos. Extrañamente no apareció ninguna declaración mediáticamente altisonante desde Washington. Bastó un párrafo.
El embajador Ronald Johnson respondió que cada minuto dedicado a convertir el desafío de los cárteles en una discusión política, es una oportunidad perdida para proteger a los ciudadanos de ambos países. ¡Tómala!
Nada más. No ocupó mucho para centrar el tema y para dejar claro que su país no se montaba en una perorata que pretendió ser provocadora.
Mientras la mandataria hablaba de soberanía, injerencia, conservadores, elecciones, patriotismo y defensa de la patria, el representante estadounidense regresó la conversación al punto esencial: los cárteles, la violencia, la corrupción, la seguridad y la cooperación. La diferencia de tonos fue sorpresivo y revelador.
Johnson transmitió la imagen de una diplomacia que no pretende entrar al terreno emocional ni alimentar el deschongue público. El mensaje fue sencillo: menos política y más cooperación. Es decir, desactivar de un tajo el tono rijoso y plantarse en la negociación. La pregunta es por qué el gobierno mexicano parece tan inquieto cuando el tema regresa precisamente a los cárteles…Y a sus funcionarios militantes. Se irrita, se descompone.
Porque si las solicitudes de extradición son solamente una maniobra electoral de Trump, entonces habría que explicar por qué funcionarios mexicanos han decidido entregarse voluntariamente a la justicia estadounidense. Y si todo es una campaña política extranjera, también habría que explicar por qué regiones enteras del país viven sometidas por organizaciones criminales cuya presencia es visible para cualquier ciudadano.
Los sinaloenses no necesitan investigaciones de fondo ni expedientes secretos para saber que su vida hoy se ha convertido en una pesadilla. Lo viven, lo padecen todos los días.
Lo mismo ocurre en comunidades indígenas del centro y sur del país desplazadas por grupos criminales, en pueblos abandonados sospechosamente por las autoridades y en regiones donde el miedo gobierna más que las instituciones.
Por eso la respuesta de Johnson tiene una carga política mayor de la que aparenta.
No porque sea agresiva, sino porque manda por un tubo o ignora deliberadamente el campo de batalla que escogió Sheinbaum. El guante blanco siempre es más contundente.
El embajador no se enredó con la retahíla de la soberanía, del injerencismo, las elecciones y el patriotismo. Simplemente volvió a poner sobre la mesa el tema de los cárteles. Tema, precisamente, donde el gobierno mexicano enfrenta sus mayores dificultades para convencer.
Porque una cosa es movilizar a La militancia e ir al centro de sus emociones, y otra muy distinta es dar y explicar resultados. La propaganda no se lleva con la realidad, pretende suplantarla.
La presidenta habló durante noventa minutos. El embajador respondió en unas cuantas líneas. Dijo lo que tenía que decir y encerró en un párrafo la posición invariable de su país: vamos por los narcos y sus socios los políticos.
Al final, quizá la diferencia más importante no estuvo en la extensión de los mensajes, sino en el nivel de la diplomacia y el tema que cada uno decidió evitar.



