Felipe Guerrero Bojórquez
En Sinaloa, como en buena parte del país, los verdaderos adversarios del gobierno no son los partidos de oposición. Son los ciudadanos.
La afirmación puede parecer exagerada, pero basta escuchar lo que se dice en la calle, en los negocios, en las reuniones familiares o en los centros de trabajo para comprender que la inconformidad social ha crecido de manera sostenida. No se trata de una rebelión organizada ni de una movilización partidista. Es algo más profundo: una pérdida progresiva de confianza en quienes gobiernan.
Las razones son muchas. La principal, sin duda, la inseguridad. La violencia de los cárteles se ha convertido en una realidad cotidiana que afecta a comerciantes, empresarios, productores, profesionistas y trabajadores. La extorsión, el secuestro, la desaparición y el asesinato dejaron de ser hechos aislados para convertirse en parte de una normalidad que la sociedad jamás debió aceptar.
A ello se suma una percepción cada vez más extendida: que amplios sectores de la autoridad fueron rebasados, sometidos o infiltrados por estructuras criminales. Para muchos ciudadanos, el problema ya no es únicamente la existencia del crimen organizado, sino la sospecha de que éste logró penetrar espacios institucionales que deberían combatirlo.
Pero la inseguridad no es la única causa del desencanto. También están los hospitales sin medicinas suficientes, la atención pública deficiente, la carestía de la vida, la burocracia mañosa y una corrupción que lejos de desaparecer simplemente cambió de siglas. Miles de ciudadanos sienten que quienes prometieron gobernar de manera distinta terminaron reproduciendo muchas de las prácticas que durante años cuestionaron.
Sin embargo, esta inconformidad social no significa necesariamente un respaldo automático a la oposición.
El PRI y el PAN arrastran todavía el peso de sus propios errores. La derrota del 2018 no solamente los sacó del poder; también exhibió el profundo desgaste de sus estructuras, la desconfianza y el rechazo que amplios sectores ciudadanos desarrollaron hacia ellos. A ocho años de distancia, siguen sin recuperar plenamente la credibilidad perdida.
Pero Morena tampoco puede sentirse a salvo.
Llegó al poder con una fuerza inédita y con la promesa de transformar la vida pública del país. Sin embargo, el ejercicio del gobierno desgasta. Y desgasta más cuando las expectativas fueron extraordinariamente altas. Ocho años después, el partido gobernante enfrenta una realidad a la baja: creció muy rápido, pero también comenzó a deteriorarse muy pronto.
La propaganda puede contener momentáneamente el desgaste, pero difícilmente puede revertirlo cuando la experiencia cotidiana de millones de personas contradice el discurso oficial.
En Sinaloa existe además una circunstancia particular que marcará inevitablemente el próximo proceso electoral. El nombre de Rubén Rocha Moya se ha convertido en una pesada carga política para Morena. Más allá de cualquier debate jurídico o político, una parte importante de la ciudadanía asocia su administración con la etapa más compleja de violencia e inestabilidad que jamás haya vivido el estado. A ello se suman los señalamientos, acusaciones y sospechas que han acompañado a su gobierno y que han contribuido al deterioro de la confianza pública.
Por ello, quienes aspiren a representar a Morena en la próxima contienda enfrentarán un desafío monumental. No bastará con tener una candidatura competitiva o una estructura electoral cautiva y eficiente . Tendrán que responder una pregunta fundamental: ¿serán continuidad de un gobierno severamente cuestionado o estarán dispuestos a marcar una distancia real con aquello que hoy genera inconformidad ciudadana?
La oposición, por su parte, tampoco tiene el camino resuelto. Su reto consiste en convencer a una sociedad que aún recuerda sus excesos y errores. Pero tiene una ventaja potencial: si apuesta por perfiles ciudadanos reconocidos, con prestigio propio y arraigo comunitario, podría conectar con una ciudadanía que busca alternativas sin necesariamente sentirse identificada con los partidos tradicionales.
Ahí se encuentra la verdadera disputa.
No entre Morena y el PRI. No entre Morena y el PAN. Ni siquiera entre gobierno y oposición.
La batalla real es por recuperar la confianza de una sociedad cansada de promesas incumplidas, de discursos triunfalistas y de explicaciones que chocan todos los días con la realidad.
En Sinaloa la próxima elección podría definirse menos por las siglas y más por la credibilidad.
Cuando una sociedad deja de creer, ninguna estructura política, por poderosa que parezca, puede dar por segura la victoria.
No hay duda: la verdadera oposición es la gente.



