Felipe Guerrero Bojórquez
Hay algo extraordinario en la narrativa de la 4T: después de casi ocho años gobernando México, los problemas siguen siendo culpa de los neoliberales, pero las obras que dejaron los neoliberales ya son orgullosamente de la transformación.
Claudia Sheinbaum volvió ayer sobre el libreto.
Durante su gira por Tamaulipas habló de “décadas de abandono” del sistema público de salud y presentó los avances hospitalarios de su gobierno como parte de la reconstrucción de aquello que, según el discurso oficial, destruyeron quienes gobernaron antes.
El problema aparece cuando se hace a un lado el discurso y se revisan los antecedentes en el tiempo.
El Hospital General de Ciudad Madero, que inauguró ayer Sheinbaum, tiene una historia bastante más larga que la Cuarta Transformación. Su primera piedra fue colocada en septiembre de 2015, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto. Once años después, la 4T llega a concluirlo y presumirlo como símbolo de su política sanitaria.
No es un caso aislado.
En Sinaloa conocemos perfectamente la historia.
El nuevo Hospital General de Culiacán comenzó a construirse en septiembre de 2018, todavía durante el gobierno de Peña Nieto y la administración estatal de Quirino Ordaz Coppel. Años después, el propio gobierno de López Obrador reconoció que había recibido aquella obra con alrededor del 80 por ciento de avance.
¿Quién terminó inaugurándolo?
Andrés Manuel López Obrador, Rubén Rocha Moya y Claudia Sheinbaum, entonces presidenta electa, el 10 de agosto de 2024.
Nada tendría de malo. Los gobiernos están obligados a terminar las obras que reciben de sus antecesores. El problema comienza cuando concluir una obra heredada se presenta como prueba de la grandeza propia, mientras se acusa de todos los males del mundo, precisamente, al gobierno que la inició.
Ahí, en este caso, la infraestructura hospitalaria deja de ser política pública y se convierte en vil propaganda.
Claro. si vamos a hablar de herencias, hablemos de todas. No nos brinquemos las trancas del tiempo.
López Obrador prometió uno de los mejores sistemas de salud del mundo. Después aseguró que sería como el de Dinamarca y terminó diciendo que incluso sería mejor que el de este país. Una de sus tantas mentiras. Mientras tanto, la realidad cotidiana siguió hablando otro idioma: desabasto de medicamentos, familias buscando fármacos especializados (sobre todo para los niños con cáncer), pacientes comprando insumos, hospitales deteriorados y consultas y cirugías diferidas por años. ¿Y la megafarmacia del bienestar? ¡Terrible! Se fueron por la coladera de la corrupción mas de 5 mil millones de pesos en ese capricho convertido en estrepitoso fracaso. (Por menos, en cualquier país del mundo donde se aplique la justicia, un mandatario hubiese sido juzgado y castigado).
Por eso resulta políticamente cómodo regresar siempre al mismo culpable: el neoliberalismo.
Después de ocho años, aquello empieza a parecer menos una explicación histórica que una coartada permanente. Aunque llega un momento en que gobernar significa también hacerse responsable. Y es que no se puede gobernar durante casi una década reclamando eternamente la herencia recibida, particularmente cuando una parte de las obras que hoy se cortan con listón y fotografía oficial son precisamente parte de aquella herencia.
Pero ayer apareció otro ingrediente.
En medio del discurso hospitalario, Sheinbaum volvió a colocar sobre la mesa una palabra que últimamente aparece con extraordinaria frecuencia en el lenguaje presidencial:
soberanía.
“No habría libertad, no habría bienestar, no habría derechos si no hay soberanía”, sostuvo.
Nadie podría discutir el principio. México es y debe seguir siendo una nación soberana. La pregunta es ¿por qué la necesidad de repetirlo tanto precisamente ahora?
Cuando desde Washington aumentan las presiones y decisiones que inquietan al régimen; cuando el caso de Andrés Manuel López Beltrán coloca nuevamente al apellido López Obrador en la discusión y desde Morena se habla cada vez más de “injerencia”, la soberanía empieza a cumplir también una función política.
Y aqui es importante establecer una diferencia central: una cosa es defender la soberanía de México y otra utilizarla como escudo discursivo para defender gobiernos, partidos, funcionarios o personajes políticos.
Porque ningún político es la patria. Ningún partido es México. Y ningún apellido puede convertirse en sinónimo de soberanía nacional.
Quizá por eso los dos discursos, el de los hospitales y el de la soberanía, terminan pareciéndose tanto.
A la 4T le caracteriza algo que con el tiempo la ha marcado en el enfado de muchos mexicanos: cuando algo sale mal, la culpa viene de afuera o pertenece al pasado. Cuando algo sale bien, el mérito pertenece a la transformación.
Los neoliberales dejaron abandonado el sistema de salud, pero también dejaron hospitales que la 4T todavía sigue inaugurando. Estados Unidos interviene cuando sus decisiones inquietan, pero sus señalamientos se desestiman invocando la soberanía.
Ha sido quizá una narrativa políticamente eficaz. Solo que hay un pequeño problema: los discursos pueden torear responsabilidades, pero a la realidad le hacen lo que el viento a Juárez.
Entonces, después de casi ocho años, tal vez ya sea hora de preguntarnos qué tan enfermo estaba el paciente en la época de los neoliberales o qué tan enfermo sigue en estos tiempos, al grado de que la 4T no ha podido darlo de alta.
Es pregunta que no ocupa receta.



