Felipe Guerrero Bojórquez
En la lógica proteccionista y expansiva de Donald Trump, México está «perdido» y, por lo tanto, hay que recuperarlo. Más allá de qué tan real o no sea el extravío, lo cierto es que la narrativa del mandatario vecino cada vez se vuelve más amenazante, más sistemática, menos circunstancial.
Cierto, no es la primera vez. Cada vez que la violencia escala en territorio mexicano, desde Washington se activa el mismo mecanismo discursivo: sobredimensionar el caos, reducir la complejidad de la solución y colocar a México en el papel de Estado fallido. El argumento es simple: si estás perdido, necesitas que te rescaten y eso solo nosotros lo podemos hacer. Rescatarte entonces implica que aceptes condiciones. Aquí no hay solidaridad ni hermandad, aquí lo que hay es el interés de sacarle raja a un régimen que no puede o no quiere desmantelar las bases de la operación de la violencia, atacando a fondo a las organizaciones delictivas que la generan. Trump lo sabe y aplica la máxima de que entre gitanos no se leen la mano.
El problema, pues, no está solo en lo que dice Trump, sino en el abonado terreno donde caen sus argumentos. La política no es para los inocentes ni para los ingenuos. En la mente de un vendedor nato como Donald, todo está calculado. Sabe que México arrastra una crisis de seguridad que nadie puede negar. Ahí están los datos, los hechos, las regiones enteras donde la ley es frágil y en algunos casos inexistente. Pero de eso a aceptar que la solución pasa por una especie de tutela extranjera, hay un salto que solo el régimen mexicano puede amortiguar.
Porque una cosa es que Trump pueda tener razón en lo que dice, y otra lo es la desproporción del argumento para intervenir abiertamente en México. Es cierto, conociendo al mandatario estadounidense, el gobierno mexicano le alimenta sus ansias expansivas porque efectivamente habla mucho de soberanía, democracia, autodeterminación y de combatir a los cárteles, pero la realidad del país es otra. Por eso los gringos ven a nuestro gobierno como una amenaza para su país. Y el mensaje entonces es: «pueblo de México», con ustedes no es el problema, sino con el régimen que no solo hace alianza con los criminales para mantenerlos sometidos, sino que igualmente ya se constituyó en una amenaza para los Estados Unidos. Por eso Trump habla de que México está «perdido» y habría qué «recuperarlo».
Efectivamente, la exigencia de “más cooperación”, repetida desde la Casa Blanca, suena razonable en el discurso, pero en el fondo abre una interrogante: ¿cooperación en qué términos y bajo qué control? Porque la línea entre colaboración y subordinación suele ser delgada cuando el poder es claramente asimétrico.
El gobierno de Claudia Sheinbaum camina sobre la cuerda floja. Heredó un país de superficie moralina, sostenido a base de propaganda y de mentiras que rayaron en el cinismo. Un país cuya corrupción era incontenible y no se ocupó mucho para que su entramado pronto saliera a flote, sobre todo la alianza del pasado sexenio con el narco.
Por eso hoy, ante los embates de Trump, la presidente está obligada responder con firmeza pero, al mismo tiempo, desarrollar acciones que demuestren que la soberanía va de la mano con el sometimiento de los líderes del crimen y sus cómplices: los narco políticos. Esta sería una condición indispensable en la relación bilateral con Estados Unidos. Colaborar en lo necesario con firmeza y al mismo tiempo no dar pie al rompimiento de una relación indispensable.
Y es que al final, la declaración altisonante de Trump tiene algo más profundo: consolidar la la idea que poco a poco fue construyendo desde el origen de su mandato. La de un México incapaz de sostenerse por sí mismo.
Una idea que está en el centro del espíritu invasor de la geopolítica de Donald Trump.
Ya el mandatario naranja dio el primer paso específico, concreto. Primero te llama «perdido» y luego empezará a decidir unilateralmente.
La muerte o «accidente» de los dos agentes de la CIA en labores de inteligencia en Chihuahua, es el inicio de esta nueva etapa. No hay duda.



