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domingo, 16 agosto, 2026

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Chispazo/Negar la descomposición del Rochismo

Felipe Guerrero Bojórquez

Si Claudia Sheinbaum no tuviera una lectura ideologizada del país y entendiera lo que realmente ocurre en Sinaloa, dejaría en manos de sus ciudadanos, y morenistas decentes, que los hay, el destino del estado. Es decir, contribuiría a desmontar la estructura corrosiva del rochismo y abriría paso a la recuperación de las instituciones para, en primer término, desligarlas del crimen organizado y, en consecuencia, reactivar el desarrollo social y económico.
Sin embargo, hasta ahora la presidenta ha mostrado exactamente lo contrario. Se aferra a sostener que la administración de Rubén Rocha ha sido víctima de una campaña de “la derecha” y de Estados Unidos para desprestigiar al movimiento. Por eso, pese a todo el cochinero que brota un día sí y otro también, insiste en pedir “pruebas, pruebas, pruebas”.
Resulta difícil entender cómo Omar García Harfuch y la propia presidenta Sheinbaum presumen que en el combate al crimen organizado utilizan “la inteligencia”, si al final es desde Estados Unidos de donde llegan los expedientes sobre personajes vinculados al crimen y, al mismo tiempo, ligados al poder político en Sinaloa.
Por supuesto que García Harfuch lo sabe, pero en vez de investigarlos y detenerlos, los protegen, seguramente por instrucciones no de Palacio Nacional, sino de Palenque. Si esa “inteligencia” funcionara también para revisar a los “distinguidos” miembros del gabinete que dejaron intacto Rubén Rocha y Enrique Inzunza, otro gallo cantaría.
Basta revisar, uno por uno, sus perfiles y sus orígenes para entender a qué intereses responden. No solo incumplen con el perfil que exige la administración pública para desempeñar cabalmente sus funciones, sino que la mayoría, además de ser socialmente desconocidos, arrastran un pasado identificable y sospechoso. Ni siquiera responden al origen del movimiento morenista, mucho menos poseen formación ideológica de izquierda, salvo contadas excepciones.
En realidad, en la administración de Rocha casi no existen morenistas de origen con responsabilidades de peso; a los leales de ocasión apenas les tocaron migajas. En cambio, a los rochistas que lo han seguido desde sus tiempos de rector, y que nunca fueron ni han sido militantes legítimos de Morena, se les otorgaron puestos de confianza, curules en el Congreso o cargos administrativos diseñados, en muchos casos, solo para cobrar el cheque. Hay otros, los más dignos, que no quisieron formar parte de la farsa. Y a los morenistas que iniciaron el movimiento, unos con responsabilidad legislativa, el rochismo los desterró de Sinaloa, les arrebató la dirigencia del partido para instalar ahí a verdaderos desconocidos, sin formación ideológica pero obedientes.
Por eso Rubén Rocha concentró todo el poder y designó a su antojo a funcionarios extraños, como parte de compromisos asumidos no con los sectores productivos y sociales, sino con las fuerzas con las que presuntamente pactó y por las cuales hoy es perseguido por la justicia imperialista. Sí, perseguido porque desde ayer la Interpol emitió la ficha roja contra él y el resto de los extraditables que se supone siguen en el país.
Ahora Sinaloa sufre las consecuencias: violencia imparable, robos, extorsiones, asesinatos, levantones, cierre de negocios, miedo colectivo, pérdida terrible de empleos e inversiones. Pero a Sheinbaum no le conviene reconocer el origen de la desgracia, mucho menos abrirse a una ruta que se salga de su esquema ideológico.
¿Qué le habría costado actuar de raíz desde el principio? ¿Qué le habría costado a la mandataria sacudirse una rémora cancerosa que hoy la arrastra irremediablemente hacia el descrédito? ¿Qué le habría costado tomar la decisión de instalar en Sinaloa un nuevo gabinete donde se integrara a ciudadanos prestigiados, porque las condiciones desastrosas así lo exigen? Hoy tuviese el reconocimiento de los sinaloenses y sus bonos arañaran el cielo.
Pero la respuesta parece obvia: sería como pedirle peras al olmo. El modelo radical y centralista de la 4T no acepta la participación ciudadana; por el contrario, la combate porque la considera un peligro para su proyecto. El régimen no quiere ciudadanos libres y capaces; quiere ciudadanos que lo adoren y le rindan pleitesía. Para eso utiliza la propaganda: para descalificar a quienes lo cuestionan y suministrar argumentos a sus seguidores. Sin polarización, este régimen no puede existir. Ese es su oxígeno.
Todo esto explica por qué, frente a la situación dramática que vive Sinaloa, ante una estructura de gobierno ligada no a las necesidades de los sinaloenses sino a los poderes fácticos, el centro del poder se aferra a tenderle un manto protector, aun a costa del desprestigio y del creciente rechazo ciudadano.
Rubén Rocha Moya le ha salido muy costoso al régimen y a la figura de la presidenta Claudia Sheinbaum. ¿Lo seguirá defendiendo, tope en lo que tope, a pesar de que el imperio lo reclama a costa de lo que sea? ¿Acordó ya entregarlo? Como sea, la presión es tan fuerte que, si pensaba regresarlo a la gubernatura, hoy, a estas alturas, al gobierno de Sheinbaum, y al país, le traería consecuencias fatales, empezando por el tratado comercial próximo a negociarse, o por la provocación de una intervención directa de Estados Unidos para llevarse a los extraditables. Al final, de eso justamente, Trump está pidiendo su limosna.

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