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martes, 22 septiembre, 2026

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Chispazo/Que se rebelen y que denuncien


Felipe Guerrero Bojórquez
A propósito de lo declarado categóricamente por la presidente Claudia Sheinbaum, en el sentido de que las mujeres son más honestas que los hombres y mejores administradoras, habría qué precisar: La honestidad y la capacidad no tienen género. Pero lo que sí es una verdad de a kilo, es que en política el pasado y la índole son inocultables. Y eso deberá pesar mucho en las próximas decisiones electorales, principalmente para el partido de MORENA.

Ciertamente, las mujeres se caracterizan por ser muy entregadas en lo que hacen, y aquí hay razones históricas, culturales y hasta determinaciones biológicas: La sensibilidad, el amor filial, la responsabilidad y la disciplina son elementos más arraigados en el espíritu de las féminas.

Sin embargo, hablar de representación política y de responsabilidades públicas en un país como el nuestro, se torna un verdadero reto de frente a las convicciones ideológicas, principios y valores de quienes han incursionado en este terreno.

¿Y por qué? Porque el ejercicio del poder en nuestro país está asociado desde siempre a la corrupción, al abuso y al sometimiento. El recuento histórico nacional: las crisis sociales y económicas, las rupturas y las emergencias en las diferente épocas, dan cuenta de regímenes dominados por la degradación de los tiranos, los déspotas y los sátrapas. Estructuras corroídas de la que han formado parte, en tiempos más recientes, hombres y mujeres. Es decir la proclividad a la maldad, a la soberbia y a la degeneración que provoca especialmente el dominio desde los espacios de gobierno, no han sido un problema de género, sino de especie.

En contra parte, han sido también hombres y mujeres con ideales de transformación y justicia social, los que han luchado por derrocar a los sistemas autoritarios, pero igual, en la medida que pasa el tiempo y se arraigan en el ejercicio del poder, el débil espíritu humano, más allá del género, se siente iluminado, llamado por la divinidad para hacer y deshacer a nombre del pueblo y de la deidad universal que ahí lo instaló para guiar a la gente hacia la felicidad absoluta, de modo que robar, ultrajar, mentir, traicionar, someter y tomar decisiones unipersonales es pecata minuta, porque ellos han sido elegidos para gobernar a su pueblo hasta el fin de los tiempos. Es el destino manifiesto de las y los autoritarios.

Por eso, los intereses de la política y el gobierno, han arrastrado a no pocas mujeres a enchufarse con la corrupción. Las estructuras mal olientes del poder no conocen género y es decisión del gobernante, sea hombre o mujer, tomarlo, rechazarlo o denunciarlo. En el país y en Sinaloa hay vivos ejemplos de mujeres que antes de llegar al gobierno de cualquier nivel eran modelo de lucha social; hoy su conducta es peor que la de todo aquello que señalaban. Por fortuna son las pocas, pero, sin embargo, algunas de ellas ocupan puestos de responsabilidad y, por lo mismo, someten, humillan y abusan de sus demás compañeras y compañeros. No, estas líderes no son ejemplo, sino advertencia de lo que no se debe hacer. Ahí no hay rebeldía, no hay resistencia, no hay dignidad, no hay denuncia. Hay línea como en los viejos tiempos; hay órdenes y hay obediencia hacia el Ejecutivo federal o estatal. Pleitesía hacia los jefes de la secta o del cartel, que para el caso es los mismo.

Ahora que muchas mujeres llegaron a puestos de responsabilidad pública es cuando han batallado más para ser libres y para liberar a aquellas desamparadas de abajo, las que a diario son maltratadas, ellas y sus hijos; esas desprotegidas que al principio creen en las decena de instituciones disque para la defensa de la mujer, empezando por las fiscalías, pero que muy pronto se dan cuenta que lo que ahí se hace es todo, menos salvarlas de los criminales que tienen como maridos. Y en muchos casos, lo único que esperan es la muerte o matar a la bestia, a ese monstro que al final de cuentas resulta el protegido, no la agredida. Otro ejemplo: ¿Y cuál ha sido la responsabilidad, la solidaridad y apoyo de las mujeres empoderadas, en el caso de las diputadas, para con las mujeres rastreadoras, esas que hacen el trabajo de las autoridades “investigadoras”? Han legislado tonterías como castigar a los que lanzan “ponchallantas” a las calles, pero nada que ver con apoyar legalmente una actividad que refleja años de entrega, de lucha, de rabia, de impotencia y de esperanza de cientos de mujeres en el país y Sinaloa que buscan a sus desaparecidos, pero también años de impunidad y de protección hacia el crimen de parte del gobierno.

Independientemente de la tabla rasa que hacia los hombres hizo la presidente Claudia Sheinbaum, en lo general no deja de tener razón en un país machista donde el masculino por muchos años ha sido el símbolo del poder real en toda la estructura social y de ejercicio público. Más allá de algunas mujeres empoderadas cuya conducta no difiere de los hombres empoderados, porque son parte de los mismo métodos para alcanzar o preservar el poder, la confianza en muchas féminas con responsabilidad gubernamental sigue prevaleciendo en la sociedad. Es cierto lo que dijo la presidente Sheinbaum, la mayoría de ellas son más honestas y disciplinadas, aunque a algunas les falta rebelarse ante un régimen que se asemeja al sujeto golpeador y que merece ser denunciado o liquidado desde dentro. ¡Ánimo amigas!

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