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lunes, 24 agosto, 2026

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Chispazo/Que se vaya a Rocha no basta: Hay que desmontar el rochismo

Felipe Guerrero Bojórquez

La segunda licencia de Rubén Rocha Moya del Gobierno de Sinaloa resolvería apenas una parte del problema. Porque una cosa es que se vaya Rocha y otra, muy distinta, que se vaya el rochismo.
Y ese es precisamente el desafío que viene.
Sinaloa necesita oxigenar urgentemente su vida pública y desmontar una estructura de poder construida durante años alrededor de Rubén Rocha y Enrique Inzunza, a los que habría que impedir que sigan operando sus intereses grupales desde las sombras.

Sinaloa no necesita un interino para administrar la sucesión electoral. Necesita un gobernador para administrar una emergencia.
Una emergencia económica, política, institucional, moral y, por supuesto, de seguridad.
Hay municipios prácticamente paralizados, atropellados por la mano rochista que impuso a funcionarios desconocidos e incompetentes, ajenos a las intereses ciudadanos; hay actividades productivas golpeadas; empresarios y comerciantes sometidos a la extorsión oficial y fáctica; familias y comunidades desplazadas, ahogadas por la incertidumbre y dejadas de la mano oficial, y una economía socavada por una violencia que parece no terminar.
Frente a semejante escenario, sería irresponsable utilizar el relevo gubernamental simplemente para cambiar al hombre que ocupa el despacho y conservar intacta la estructura que lo sostuvo.
Porque el rochismo no se quedó encerrado entre las paredes del despacho principal.
Se extendió para mal hacia dependencias estatales, ayuntamientos, Congreso, Poder Judicial, Fiscalía, organismos e instituciones que deberían mantener independencia respecto del Ejecutivo. Ahijados, familiares, políticos tránsfugas, amigos, compadres, socios, recomendados e incondicionales de siempre fueron ocupando espacios hasta construir una extensa red de lealtades personales…Y de corrupción. El gobierno dejó de ser institucional y se convirtió en un régimen de intereses. Y entonces el cáncer alcanzó el grado de metástasis.

Todo eso debe investigarse y esclarecerse, no esconderse debajo de la alfombra mediante una simple sustitución en la gubernatura.
Por eso hoy el Congreso enfrenta una responsabilidad histórica.
Si el nuevo gobernador interino resulta ser simplemente otro personaje identificado con el rochismo, Sinaloa habrá cambiado de gobernador, pero no de gobierno.
Y peor todavía: quedaría instalada la sospecha que desde las sombras continuará funcionando la misma maquinaria administrativa, financiera y política represiva e intolerante, enfocada en sobrevivir y conservar posiciones rumbo a 2027.
Ese sería quizá el peor escenario. Un gobernador interino convertido en títere; Rocha fuera del despacho, pero el rochismo sentado todavía en la silla.
El nuevo gobierno debería llegar con un mandato extraordinariamente claro: recuperar gobernabilidad, reconstruir la relación con los sectores productivos, impulsar un programa emergente de reactivación económica, recuperar los municipios golpeados por la violencia y revisar a fondo las estructuras administrativas donde existan indicios de corrupción y operación criminal. Pero también deberá reconstruir algo todavía más difícil: la confianza de los sinaloenses en sus instituciones.
Si desde el poder federal realmente existe la decisión de abrir una nueva etapa en Sinaloa, el relevo no puede quedarse a medias.
Si Claudia Sheinbaum ya dio el primer manotazo político, faltaría el segundo y quizá el más importante: permitir que el Congreso actúe sin sometimiento a Rocha y que el gobernador interino sea una persona con independencia, capacidad y autoridad moral suficientes para conducir la emergencia.
Eso incluso podría representar una oportunidad para Morena.
Porque dentro del propio partido existe militancia que durante años quedó desplazada por personajes que descubrieron su vocación morenista exactamente cuando el rochismo llegó al poder y que hoy pretenden reciclarse como aspirantes, candidatos o herederos de una estructura mafiosa que los hizo crecer.
El dilema, entonces, no consiste únicamente en decidir quién sustituirá a Rubén Rocha.
¿El nuevo gobernador llegará para gobernar Sinaloa… o para cuidar las espaldas y los intereses del rochismo?
No se trata solo de cambiar el nombre en la puerta del despacho, se trata de que no continúen mandando los mismos. Si no es así todo este episodio habrá servido para muy poco.
Rocha podrá irse. Pero si el rochismo se queda, la crisis se ahondará y será peor. Y entonces sí, es casi seguro que la ciudadanía, cansada ya de tanta soberbia y latrocinio, tome las calles, las plazas…y hasta palacio. De todos modos, 2027 está a la vuelta de la esquina. Ya veremos.

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