Felipe Guerrero Bojórquez
Si, como dice la propia presidenta Claudia Sheinbaum, no hay pruebas que incriminen a Rubén Rocha Moya por tener vínculos con el narco, ¿por qué entonces no sigue formalmente al frente del Gobierno de Sinaloa?
Mientras Sinaloa arde, Rubén Rocha sigue escondido o desterrado por el propio régimen. La gobernadora interina, Graciela Domínguez, hace esfuerzos por operar cambios en su gabinete y convencer a la gente de que guarda distancia del mandatario con licencia. Al menos hasta ahora, se nota mucho la ausencia del estilo discursivo del de Batequitas.
Pero, en medio de todo esto, la presidenta Claudia Sheinbaum insiste en su idea de que lo que ocurre en Sinaloa se debe al “injerencismo” de Estados Unidos y no al señalado pacto que el Gobierno de Sinaloa habría establecido con el narco.
La pregunta sigue vigente: ¿y Rocha? ¿Lo tienen desterrado y, al mismo tiempo, políticamente protegido? Sobre todo porque las señales de que pudiera estar en la mira de alguno de los grupos criminales son claras. Ya son tres las ocasiones en que algunas de sus viviendas han sido atacadas a balazos. ¿Y aun así el Gobierno federal aclara, como si fuera un pecado hacerlo, que no protege policialmente a Rubén Rocha? ¿Y por qué no? Si ellos lo echaron del poder, entonces ellos tendrán que responder por todo lo que pudiera pasarle. Especialmente la presidenta Claudia Sheinbaum.
Claro, hay quienes, ante estos hechos, se preguntan si Rocha generó inconformidad en alguno de los grupos en disputa. ¿Fue porque los combatió? Para muchos sería difícil pensar que esa fuera la razón; por el contrario, la percepción generalizada tiene que ver con la idea de que hubo acuerdos que no se cumplieron.
Lo que sea, pero Rubén Rocha sigue escondido y en peligro. No solo él, sino también su familia. Se reitera: ¿por qué, como lo ha dicho la presidenta Claudia Sheinbaum, si no hay pruebas contra él, no ha sido reinstalado en el Gobierno, como lo manda la ley?
Porque, si Rocha es inocente, entonces alguien lo obligó a pedir licencia y, por lo tanto, le están violando sus derechos constitucionales.
¿Y quién lo obligó? El propio poder central, ese que, al mismo tiempo, dice que es inocente. ¿No es esta una verdadera contradicción?
Fue la presidenta Claudia Sheinbaum quien, desde el podio de la mañanera, le pidió que solicitara nuevamente licencia cuando Rocha regresó a su despacho inesperadamente. También fueron los 23 gobernadores de Morena quienes, mediante un comunicado público firmado el 21 de agosto de este año, señalaron que su regreso sería una desmesura y le pidieron “actuar con madurez y responsabilidad”. Lo mismo hizo la dirigencia nacional de ese partido. Todos, en apoyo a la mandataria nacional. Y en contra de alguien quién, guste o no, había retomado su mandato sin violentar la norma constitucional.

Entonces, ¿quién desterró a Rocha y por qué? ¿Por qué fue considerado imprudente e irresponsable por quienes dos meses antes habían salido a defenderlo a muerte? ¿Porqué lo defenestraron de esa manera si al mismo tiempo la propia Sheinbaum asegura que los responsables de la extrema violencia que convulsiona a Sinaloa son los gringos?
Si los estados son soberanos y Rocha es inocente, ¿por qué el Congreso local se ha sometido a lo que diga el Ejecutivo federal? Porque en la Cuarta Transformación la democracia es rollo y porque el signo vital del régimen es la fuerza centralista. Nomás por eso.
Rocha, entonces, en el discurso del régimen es inocente; pero, en la práctica, también es, para la Cuarta Transformación, un imprudente y un irresponsable que merece permanecer en el destierro, expuesto a los ataques de quienes quizá se sienten traicionados por acuerdos incumplidos.
Claudia Sheinbaum condenó a Rocha al destierro para quedar bien con los gringos, pero, al mismo tiempo, acusa a estos de ser los responsables de la violencia en Sinaloa.
El régimen golpea a Rocha y, al mismo tiempo, trata de salvarlo en el discurso. Con los gringos quiere quedar bien expulsando al también ex rector del poder, pero acusándolos de injerencistas.
Es el discurso de la hipocresía y de querer jugar con Dios y con el diablo.



