Felipe Guerrero Bojórquez
Donald Trump es especialista en una sola cosa: sonreír de frente y tirar el tarascón por la espalda. Es un vendedor de altos vuelos, experto en el malabar bursátil. Y hoy sueña con apoderarse del mundo. No es adorno literario, es neta.
Ese es Trump: bipolar en el discurso, constante en la amenaza. Un día lanza flores, al siguiente saca el látigo. Un día llama “mujer estupenda” a la presidente de México, Claudia Sheinbaum; al otro, coloca al país en la antesala del castigo comercial o en la advertencia de la intromisión militar.
Uno puede estar de acuerdo o no en la aplicación de las políticas públicas en México, o en el modelo bajo el que se guía el régimen, pero no en la forma como un mandatario extranjero trata y visiona a nuestro país. Al final de cuentas, para los que abrigan la peregrina esperanza de una intervención, lo que menos le importa a Trump son los intereses o el destino de la sociedad mexicana, si su objetivo central es sacar raja, sobre todo, de la delicada situación de violencia y poder del crimen que padecemos todos los mexicanos: Tirios y Troyanos.
Todos lo vimos: Donald Trump recibió a la presidente Claudia Sheinbaum con esa su sonrisa mil veces ensayada, de vendedor profesional. Abrazos, fotos, fútbol, Mundial, palabras amables, promesas suaves sobre el T-MEC. La faramalla diplomática en su máxima expresión. No importa que después salga a flote la índole gandalla.
Más allá del juego de cartas que exige una estrategia dentro de la responsabilidad normativa, la presidente regresó optimista de Washington, confiada en haber percibido en Trump condiciones para la estabilidad, a través de la próxima revisión del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.
Pero aún no se diluía esa sensación que deja un apretón de manos, cuando el Trump volvió a ser el de siempre: el duro del garrote en mano. Vino entonces, ahora sí, sin agua va, el reclamo y la amenaza con aranceles del 5 % a todo México si no se paga el agua a Texas, antes del próximo 31 de diciembre. Son 246 millones de metros cúbicos los que deben pagarse inmediatamente y el resto del total, que suma 986 millones de metros cúbicos, «lo más pronto posible». Por supuesto, México no tiene esa capacidad de almacenamiento y, aunque lo quisiera, no podría pagar como lo exige Trump. Y como siempre, el sheriff mundial remata con su estribillo favorito: la amenaza de intervención directa contra los cárteles. Hasta ahí.
Sheinbaum de nuevo responde con el mismo relato: no a los aranceles, no a la amenaza, no a la invasión, sí a la soberanía. Juega su papel dentro del escaparate de la cortesía que le ha ofrecido Trump, y elude sus bravatas inesperadas. Pero el problema es más de fondo: México no está negociando con un socio, sino con un expoliador profesional. Ese que usa el comercio para doblar economías, sobre todo a las débiles. Hoy , más que nunca, Estados Unidos le imprime una alta dosis de intimidación a su política exterior y, al interior, pone como argumento el peligro que implica, para su seguridad nacional, los cárteles de la droga y los migrantes.
En el fondo, Trump no solo quiere agua. No solo anuncia su guerra contra las drogas y contra los migrantes; en el fondo lo que quiere es la sumisión de los países del mundo, principalmente la de su vecino: México. Esté o no la 4T en el poder, Trump es Trump y su problema no es quien gobierna al país; su problema es someter nuestra economía y, si se le deja, apropiarse abiertamente de nuestros recursos naturales, como ya lo ha hecho con otros países.
Y el riesgo no es solo económico, sino normalizar la amenaza aparentemente transitoria. Peor aún, robustecer el argumento de Trump de lo que se ataca es a un narco Estado, pues para él, hasta hoy, México ha dejado intacto el núcleo operativo de los cárteles.
Cierto o no, La presidente Sheinbaum seguramente tiene claro que no está tratando con un socio, sino que negocia con un tipo cara dura que hoy le sonríe y le dice mujer estupenda, pero que al otro día la presiona con el cobro inmediato del agua y el anuncio de que podría invadir al país.
¿Qué sigue? Ya veremos.



