Se trata del mismo personaje que esperaba que llegara octubre para irse al estacionamiento del Estadio Teodoro Mariscal, donde por 26 años cuidó los carros de quienes iban a gritar los jonrones que él alguna vez soñó.
Por Redacción RN Noticias en Caliente/Fotografía tomada del sitio Noroeste.com
Mazatlán.-Mazatlán siempre ha sido una ciudad de contrastes, pero hoy el aire en la calle Aquiles Serdán se siente más pesado, más injusto. Ayer, el asfalto que durante cinco años fue la oficina, el refugio y el sustento de Jorge Octavio Paz, mejor conocido como el ‘Zurdo’ Páez, se convirtió en el escenario de su última y más trágica jugada. Un camión urbano, de esos que él veía pasar miles de veces al día desde su silla de ruedas, le arrebató la vida.
Jorge no siempre fue el hombre que estiraba la mano frente a la casa de los chinos «Gran Panda». Hubo un tiempo en que sus manos no pedían, sino que daban cátedra: ya fuera cuadrando balances como Contador Público en Bancomer o lanzando bolas curvas en las Ligas Profesionales del Sureste y de Tabasco.
El ‘Zurdo’ fue un hombre de éxito, de familia y de estadios llenos. Pero la vida, como el béisbol, a veces te lanza una recta pegada que te deja fuera del juego.
Una batalla contra la adversidad
La debacle no fue lenta. Fue un «picheo» traicionero de la salud. En 2019, una bacteria voraz le dio solo 15 días de tregua antes de obligar a los médicos a amputarle ambas piernas. Aquel 7 de julio, el ex beisbolista colgó los spikes para siempre y comenzó una nueva liga: la de la supervivencia urbana.
«Son puras bendiciones que Dios me manda. Saco para los gastos, para los taxis de mi casa para acá y para los pañales de mi madre», le contaba con una entereza inquebrantable al reportero Alexis García del diario Noroeste, en una excelente entrevista en junio de 2024.
A sus 64 años, Jorge no pedía por vicio ni por abandono de espíritu. Pedía por amor. Su madre, una mujer anciana y postrada en cama, dependía enteramente de las monedas que los mazatlecos dejaban caer en sus manos.
Con lo que recolectaba entre las calles Aquiles Serdán y Leandro Valle, el ‘Zurdo’ pagaba la renta, la luz, el agua y la despensa cada ocho días. Era un contador que, en el final de sus días, solo se encargaba de que las cuentas del cariño no quedaran en rojo.
El silencio del estadio y el olvido familiar
A pesar de haber formado una familia en Hermosillo y tener cuatro hijos, el destino lo dejó en un «extrainning» solitario. Tenía 22 años sin verlos. No había rencor en sus palabras, solo una resignación cristiana: «Algún día serán papás y van a comprender», decía, mientras esperaba que llegara octubre para irse al estacionamiento del Estadio Teodoro Mariscal, donde por 26 años cuidó los carros de quienes iban a gritar los jonrones que él alguna vez soñó.
Ayer, el ‘Zurdo’ no llegó a casa con los pañales ni con el mandado. El ruido de los motores y el descuido de la urbe silenciaron a un hombre que, a pesar de no tener piernas, nunca dejó de caminar por la vía de la dignidad.
Hoy, Mazatlán pierde a un personaje de su paisaje cotidiano, pero sobre todo, pierde a un ejemplo de resiliencia. El ‘Zurdo’ Páez ya no necesita taxis para moverse, ni monedas para los medicamentos de su madre.
Ha corrido las bases por última vez y, aunque el final fue amargo, en la memoria de quienes lo vieron sonreír desde su silla de ruedas, Jorge siempre será un Grand Slam de humanidad.
Descanse en paz, el eterno relevista del Centro.



