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viernes, 2 octubre, 2026

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En la Raya/Junio 2027: La prueba de fuego para la 4T

  • la oposicion se puede permitir soñar…si trabajan juntos.
  • por: Jose Luis Lopez Duarte

Cada día que pasa, Morena y la llamada Cuarta Transformación enfrentan un escenario más denso. Las esperanzas de que el proyecto oficialista corrigiera sus excesos o moderara su deriva autoritaria parecen desvanecerse, mientras se consolida la influencia de Andrés Manuel López Obrador sobre el gobierno de Claudia Sheinbaum.

El dato político es ineludible: la subordinación de la presidenta frente a su antecesor ha rebasado ya los plazos tradicionales de un maximato. Lázaro Cárdenas necesitó poco más de un año para romper con Plutarco Elías Calles y expulsarlo del país, el 10 de abril de 1936. Hoy, en cambio, Sheinbaum no sólo evita cualquier ruptura: parece empeñada en preservar la continuidad política, discursiva y operativa del régimen anterior.

La confrontación permanente con Estados Unidos, presentada como defensa de la patria y la soberanía, se ha convertido en una consigna útil para eludir la conciliación y justificar la cerrazón. Bajo ese escudo se pretende convertir cualquier crítica externa en una agresión nacional, aunque los problemas internos —inseguridad, corrupción, deterioro institucional y falta de resultados— sigan acumulándose.

En este contexto debe leerse la reaparición pública de López Obrador, ahora con el pretexto de presentar un nuevo libro, después de haber hecho lo mismo el año pasado. Más que una actividad editorial, estos actos parecen destinados a alimentar el culto al expresidente y a mantener vigente una narrativa cada vez más distante de los hechos. Sin embargo, las grietas son visibles y se multiplican.

El problema es que, ante el desgaste, el gobierno no parece dispuesto a rectificar. Por el contrario, aprieta el paso para consolidar su hegemonía y reducir los contrapesos. Si esta tendencia continúa, la autocracia podría transformarse abiertamente en una dictadura, salvo que el proceso electoral del próximo año produzca un cambio político de fondo.

La pregunta es cómo podrían presentarse los resultados. Por un lado, existe el riesgo de una elección de Estado, con todo el aparato gubernamental, los recursos públicos y los poderes fácticos alineados para arrollar a la oposición y terminar de desmantelar lo que queda de las instituciones. Por otro, la sociedad podría reaccionar contra el autoritarismo, la antidemocracia y la imposición, y propinarle al oficialismo una derrota comparable a la del año 2000, cuando Vicente Fox y el PAN pusieron fin a siete décadas de hegemonía priista en la Presidencia.

Para que ocurra una movilización social de esa magnitud tendrían que coincidir, al menos, tres factores. Primero, que Morena mantenga su método opaco de selección de candidatos. Las encuestas controladas y los acuerdos entre grupos nacionales y estatales podrán producir algunos aciertos, pero inevitablemente dejarán heridos, inconformes y competidores desplazados. El resultado será un rompecabezas político de miles de piezas, difícil de recomponer.

Segundo, que el bloque opositor, encabezado por PRI y PAN, logre consolidar una unidad auténtica, no sólo electoral. Necesitará seleccionar candidatos competitivos mediante procedimientos democráticos y presentar un programa de gobierno construido con la participación ciudadana.

Tercero, que el gobierno de Estados Unidos avance en las investigaciones y juicios relacionados con políticos mexicanos, aumentando la presión sobre la administración de Sheinbaum.

Sólo con esa combinación sería posible disputar seriamente varias gubernaturas y la Cámara de Diputados. Pero la oposición debe entender algo elemental: el hartazgo social no se convierte automáticamente en votos. Para derrotar a una maquinaria oficialista se requiere organización, credibilidad y una alternativa clara. El próximo proceso electoral no será únicamente una contienda entre partidos; será, sobre todo, un referéndum sobre los límites que la sociedad está dispuesta a aceptar frente al poder.

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