- Ya empezó
- Por: José Luis López Duarte
Para nadie parece ser un secreto que Mario Zamora se ha convertido en uno de los nombres más visibles de la oposición sinaloense rumbo a 2027. Y cuando un político empieza a sumar recorridos, simpatías y presencia territorial, ocurre lo de siempre: aparecen los expertos espontáneos en demolición reputacional, los rumores de pasillo, las notas sin firma y los análisis que parecen escritos por alguien que perdió una apuesta.
La política, como la televisión abierta, rara vez premia la calidad del contenido. Muchas veces basta con repetir una acusación hasta que parezca verdad, ponerle música dramática y acompañarla con tres bots indignados. Así se fabrica una campaña de descrédito: no se debate al adversario, se le convierte en villano de bajo presupuesto.
Zamora, sin embargo, no apareció ayer en una boleta ni descubrió la política por accidente. Su trayectoria comenzó a tomar forma desde 2018, cuando alcanzó la senaduría y se convirtió en una de las figuras opositoras más visibles durante el gobierno de Andrés Manuel López Obrador. En 2021 fue candidato a gobernador por PRI, PAN y PRD; en 2024 obtuvo una diputación plurinominal por el PRI. Ocho años de exposición, campañas, recorridos y desgaste no se construyen con una publicación de Facebook ni con una tertulia entre inconformes.
Eso explica, al menos en parte, el interés que despierta como posible candidato opositor a la gubernatura. Y también explica el nerviosismo. En política, cuando alguien no puede ser ignorado, suele intentarse desacreditarlo. Es una especie de protocolo no escrito: primero se niega su fuerza, después se cuestiona su carácter y, finalmente, se afirma que nadie lo toma en serio. Todo mientras se organizan reuniones para hablar de él durante horas.
La propaganda oficialista y sus imitaciones opositoras suelen recurrir a un lenguaje de caricatura: “el pueblo”, “la transformación”, “los buenos”, “los malos”. Palabras enormes utilizadas como estampitas. El problema no es hablar del pueblo, la nación o la libertad; el problema es hacerlo sin contexto, sin historia y sin una propuesta concreta. Es como presumir que se tiene un mapa cuando en realidad sólo se posee una servilleta con una flecha dibujada.
En ese ambiente tampoco faltan los resentidos profesionales, aquellos que convierten cada fracaso personal en una teoría política. Recuerdan al personaje de Los tres García, incapaz de aceptar el éxito ajeno y dedicado a criticar a quienes sí avanzaban. Doña Sara García terminaba corrigiéndolo a bastonazos y con una frase memorable: “Tienes el complejo del pobre”. No se trataba únicamente de dinero, sino de esa mentalidad que necesita explicar el triunfo ajeno como trampa, favoritismo o accidente.
Mario Zamora tendrá que enfrentar eso y más: provocaciones, rumores, ataques disfrazados de análisis y discusiones previamente ensayadas. Algunos críticos han disfrutado durante años las ventajas del llamado paraíso rochista, desde el gobierno, Morena o ciertos medios, y ahora descubren repentinamente la virtud republicana de la indignación.
La respuesta no debería ser entrar a cada pleito. La piel curtida sirve para resistir, pero la inteligencia sirve para elegir las batallas. Zamora tendrá que definir la agenda, establecer las condiciones del debate y hablarle directamente a la ciudadanía, no a los provocadores.
La carrera rumbo a 2027 ya empezó. Y en una competencia política, quedarse en el arrancadero es la forma más segura de perder antes de escuchar el disparo de salida.



