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sábado, 15 agosto, 2026

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Marea Alta/El Show de las «víctimas» uaseñas: Cuando el Amparo se Convierte en Berrinche

Por Rodrigo de Triana

Hay que reconocerlo: para ser jubilado de la UAS y tratar de verle la cara a un Juez Federal, se necesita una creatividad digna de serie de Netflix.

Un grupo de poco más de cien excolaboradores universitarios decidió que era buena idea montar un circo legal, acusando a su Alma Mater de «ladrona» por aplicar una reingeniería financiera que, según ellos, era un asalto a sus carteras.

El Cuento de la «Arbitrariedad»

La narrativa era de lágrima fácil: «¡Ayuda, señor Juez! La UAS me descuenta dinero porque quiere y sin avisar». Con ese guion, lograron que algunos jueces —quizá distraídos o demasiado bondadosos— les compraran el boleto y les dieran una suspensión temporal.

Se sentían ganadores, ya se veían cobrando íntegro mientras la universidad se apretaba el cinturón.

Pero como dicen en el rancho: la mentira dura hasta que la verdad llega al juzgado.

El Tribunal les «Tumbó el Teatro»

La UAS no se quedó de brazos cruzados y se fue al Segundo Tribunal Colegiado (Expediente 28/2026). Ahí, los magistrados leyeron la cartilla y pusieron las cosas en su lugar con dos verdades que duelen:

  1. No es robo, es Ley: El famoso «descuento» no fue un invento de una tarde de café. Está debidamente registrado ante el Centro Federal de Conciliación y Registro Laboral. Es decir, todo se hizo por la derecha, con la Ley Federal del Trabajo en la mano y reformas al contrato colectivo. No fue un asalto, fue un ajuste legal.
  2. Primero el estudio, luego el privilegio: El Tribunal fue claro: no se puede poner en riesgo la educación de miles de jóvenes sinaloenses solo para cumplirle el capricho a cien personas que se niegan a entender que la universidad necesita viabilidad financiera para no quebrar.

En pocas palabras: El interés de que los muchachos sigan teniendo universidad pesa más que las ganas de un grupito de saltarse las reglas de la reingeniería.

¿Derechos Humanos? No, puras ganas de no cooperar

Lo que más cala de este episodio es que intentaron disfrazar un pleito de pesos y centavos como una «violación a los derechos humanos». ¡Vaya desplante!

El Poder Judicial Federal ya les marcó el alto: el amparo no es un escudo para evitar que la universidad se modernice y sobreviva.

Se espera que el juicio de fondo termine en el cesto de los casos perdidos.

Y es que, cuando el sustento es la mentira y el objetivo es el beneficio personal a costa del futuro de los estudiantes, el resultado suele ser el mismo: el ridículo legal.

El Poder Judicial Federal ha sido elegante, pero firme: la viabilidad de la universidad es sagrada y la ley no se negocia por sentimentalismos de ventanilla.

El amparo que hoy agoniza no es víctima de una injusticia, sino de su propia falta de ética.

Al final del día, los quejosos descubrieron que se puede engañar a un juez por un momento, pero no se puede derrotar a la verdad jurídica cuando esta lleva por escudo el futuro de Sinaloa.

La reingeniería sigue; el espectáculo, por fin, se acaba.

Otra más a la cada vez más larga colección de perlas declarativas que nos ha obsequiado el gobernador Rubén Rocha se dio esta mañana.

Resulta que el crimen de dos jóvenes asesinados la noche de ayer en Mazatlán no mancha el saldo blanco del Carnaval.

Bajo esta óptica nos queda claro que para el gobernador Rocha Moya, la seguridad en Mazatlán no se mide con patrullas, sino con cinta métrica.

Es como ese árbitro «controlado» que, aunque todo el estadio está viendo la patada criminal en la pantalla del VAR, sale con que el golpe no cuenta porque el jugador tenía un dedo fuera de la raya.

Según esta lógica mañosa, la violencia solo existe si paga boleto de entrada o lleva máscara de látex; si te toca afuera del perímetro, tu tragedia es un «error de cálculo» que no entra en la estadística de la alegría.

Así de fácil: nos gobiernan con el mapa en la mano pero con los ojos cerrados, moviendo las vallas para que el horror siempre quede «del otro lado», aunque el miedo nos respire a todos en la nuca.

Mientras el ciudadano de a pie se cuida de las balas, el de arriba se cuida de que el muerto no le eche a perder la foto del Carnaval. Así va a ser la regla y aunque alegues al árbitro nada vas a poder hacer contra sus «otros datos».

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