Por Rodrigo de Triana
Si algo sabemos hacer en Sinaloa, además de aguantar el calor, es armar mitotes de alta alcurnia. Pero lo que se vivió ayer a las afueras de la delegación de la Fiscalía General de la República (FGR) en Culiacán no fue un mitote ordinario; fue el campeonato mundial de las escondidas políticas, versión «vidrios polarizados y blindaje nivel «a la buena de Dios».
Qué tiempos aquellos cuando a los políticos los notificaban con banda y prensa afuera del palacio. Aquí la nueva normalidad institucional dicta que para ir a platicar con el agente del Ministerio Federal hay que aplicar la «técnica del avestruz de lujo»: te metes a una Suburban negra, le subes al aire acondicionado para que no se note el sudor de los nervios, y rezas para que los reporteros no traigan lentes con visión de rayos X.
¿Quién es quién en el convoy de la sospecha?
La pasarela —es un decir, porque nadie vio un alma— estuvo digna de una novela de suspenso. El único que de plano tuvo que salir a dar la cara y decir «yo no fui, fui teté» fue el exjefe de la Policía de Investigación, Marco Antonio Almanza Avilés. Salió muy gallardo a declarar que él siempre se ha conducido pegado a la legalidad y que eso de ser «testigo protegido o colaborador» en Nueva York nomás no se le da, que porque él nunca ha jugado en ese equipo.
Habrá que creerle, por lo pronto, mientras no le salga alguna visa VIP para la Gran Manzana.

Pero los que de plano aplicaron la de «si no me ven, no existo», dejaron a la prensa nacional y local agarrándose de las greñas, fue el alcalde con licencia de Culiacán y el senador Enrique Inzunza.
El misterio de Juan de Dios
Los colegas de Los Noticieristas juran y perdonan que en una de las camionetas iba Juan de Dios Gámez Mendívil. Los reporteros de la Ciudad de México decían que no marchaba la cuenta. Total, que a Juan de Dios e Inzunza los traían como al Chupacabras: todos dicen que andan por ahí, pero nadie tiene una foto en HD que lo demuestre.
La santísima trinidad del silencio
De Alberto Jorge Contreras (“El Cholo”), José Antonio Denisio (“El Tornado”) y Juan Valenzuela (“Juanito”), ni sus luces. Esos tres tienen un club de fans tan exclusivo que ni la FGR supo por cuál puerta entraron… o si ya están masticando su inglés de «Follow me» para el viaje al norte.
De Mazatlán a la CDMX: El despiste geográfico
El nivel de secretismo fue tal que a mitad de la jornada los corresponsales de la capital del país andaban más perdidos que un turista en Semana Santa. No sabían si el desfile de imputados era en la Ciudad de México o en la orilla del Humaya. Tuvo que salir un vicefiscal con licencia a estirar las piernas afuera de las oficinas locales para que los chilangos dijeran: «¡Ah, caray, sí están en Culiacán!». Un aplauso para los estrategas de comunicación del gobierno; lograron que la FGR pareciera el Triángulo de las Bermudas.
¿Y el jefe de la comuna estatal?
De Rubén Rocha Moya ya sabemos la historia. El hombre despacha en redes sociales pero no en el Tercer Piso. Si no es porque pone un tuit avisando que ya fue a cumplir con la patria, los sinaloenses seguiríamos pensando que andaba de vacaciones involuntarias. Su estrategia fue quirúrgica: blindaje total, cero contacto, y que la bola ruede.
Mientras tanto, en el Congreso del Estado parece que el tiempo no corre. Doña Geraldine Bonilla Valverde sigue sentadita en la silla de la gubernatura interina, y como la ley en Sinaloa es tan noble y no pone fecha de caducidad para los interinatos, esto se puede prolongar más de lo previsto.
Aquí nadie tiene prisa de regresar, y como están las cosas en Nueva York, menos.
Dice el dicho popular que «el que nada debe, nada teme», pero en la política sinaloense actual, el que nada debe… como quiera usa una camioneta blindada con los vidrios bien negros, por si las moscas, o por si la Fiscalía de Nueva York trae mejores datos que los de aquí.
Al tiempo.



