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domingo, 20 septiembre, 2026

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MAREA ALTA/El Químico y su Fórmula Magistral: «La culpa es de todos menos mía»/Cuando Morena multiplica los acarreados

Por Rodrigo de Triana

El Químico y su Fórmula Magistral: «La Culpa Es de Todos Menos Mía»

Hay que reconocerle algo al exalcalde de Mazatlán, Luis Guillermo «El Químico» Benítez: la memoria selectiva es una verdadera obra de arte. Escuchar sus recientes declaraciones es como ver un drama de telenovela donde el villano, tras haber dejado la casa en ruinas, sale a la terraza a quejarse de que los vecinos no lo valoran.

Resulta que ahora «El Químico» es un mártir de la refundación lópezobradorista. Nos platica con nostalgia —y con violines de fondo— cómo caminaba por el Zócalo en los años de penuria, pagando todo «de su propio bolsillo» mientras el resto de los políticos locales (según su muy humilde testimonio) eran unos benditos oportunistas. Claro, para él, la lealtad a la causa se mide en suela de zapato gastada y kilómetros de camioneta, aunque al final el odómetro político le haya terminado marcando saldo en contra.

Pero el verdadero número de comedia viene cuando aborda su paso por la alcaldía del puerto.

Con la soltura de quien habla de un trámite menor, nos recuerda su época dorada: ¡365 obras en un año! Una por día. Una proeza matemática e ingenieril que ni los romanos.

Lo que se le olvidó detallar en el micrófono fue la «brillante» idea de los 400 millones de pesos en luminarias, ese pequeño chispazo tecnológico con el que pretendía transformar a Mazatlán en la Ciudad Luz del Pacífico y que terminó dejándolo a él a oscuras y fuera de la jugada.

Para «El Químico», el desastre de las lámparas no fue una torpeza administrativa ni un tufo de irregularidad: ¡fue una conspiración digna de película de espías!

Nos quiere vender la idea de que fue víctima de un complot donde le falsificaron documentos, le sembraron traidores como Edgar González —a quien ahora rebautiza con elegancia de cantina como «el virólogo»— y, por supuesto, donde los hilos los movían desde el Tercer Piso en Culiacán.

¡Pobre Químico! Él solo quería iluminar los corazones de los mazatlecos y la malvada política le pagó con investigaciones de la Fiscalía.

Y por si fuera poco, nos regala su máxima autocrítica: su «único gran error», dice sin despeinarse, no fue la gestión, ni los contratos sospechosos, ni las decisiones de su gabinete… ¡no señor! Su error fue «ser tan trabajador» que se le olvidó ir a tomar el café a Palacio Nacional para estirarle la mano a Andrés Manuel.

Asegura con total convicción que, si no se hubiera «distraído trabajando por la gente», hoy él sería el gobernador de Sinaloa.

Habrá que agradecerle a la Providencia esa distracción.

En fin, «El Químico» pretende volver a la escena lavándose las manos con el mismo entusiasmo con el que repartía discursos. Pero en Mazatlán la gente no tiene amnesia: la fórmula de su política tuvo mucho de drama, bastante de soberbia y una dosis letal de mala administración. Lo demás… son puras patadas de ahogado en agua bendita.

Cuando Morena multiplica los acarreados

Y mientras «El Químico» se duele en el rincón del olvido añorando sus marchas a pie por el Zócalo, la política de la «nueva era» le dio una lección magistral de cómo se llenan los eventos hoy en día. Porque si de alquimia y magia hablamos, la presentación de la presidenta Claudia Sheinbaum en Culiacán dejó pálido a cualquier ilusionista.

Bajo el modesto y nada irónico título de “Honestidad y resultados en Sinaloa”, la pasarela oficial en la Feria Ganadera sirvió para un milagro bíblico de la demagogia: multiplicar la gente.

En un recinto donde a lo mucho caben unas 9 mil almas apretujadas, el boletín oficial proyectó, con la gracia de una varita mágica, la astronómica cifra de ¡40 mil asistentes! Un cálculo matemático tan fantaseoso como las 365 obras anuales del Químico.

La meta no era casual: necesitaban empatar o superar a como diera lugar el número de ciudadanos que la semana pasada marcharon de verdad por la paz en las calles de la capital. Porque a falta de paz real, buenos son los números inflados para tapar el sol con un dedo.

Para lograr la hazaña, la maquinaria estatal desempolvó el clásico y nunca bien ponderado kit de la simulación: la mítica «torta de jamón», el refresco de naranja entibiado al sol y el codiciado billete de 200 pesos.

Miles de adultos mayores, personas con discapacidad, jóvenes becados y burócratas despavoridos fueron arrereados desde los 20 municipios. Unos bajo la amable sugerencia de los «Servidores de la Nación» con lista en mano —amenazando implícitamente con persignar la pensión—, y otros bajo la clásica oferta burocrática: «o vas a aplaudir al evento, o vas preparando tu entrega-recepción».

Una lección contundente de la 4T para personajes como el Químico: ¿para qué despeinarse caminando meses bajo el sol, si con el presupuesto público y la amenaza del despido puedes llenar el recinto que quieras en tres horas?

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