POR RODRIGO DE TRIANA
En la política, como en el béisbol, el juego no se acaba hasta que cae el último out. Y aunque para el 2027 falta un trecho, en Sinaloa el ambiente ya empieza a oler a pólvora. Lo que Morena vislumbraba como un «día de campo» hacia la continuidad, hoy se ha estado topando con dos figuras que amenazan con ensuciarles el uniforme: Sergio Torres Félix y Manuel Clouthier.
El Factor Torres: De la tribuna a la calle
Sergio Torres Félix ha dejado de ser un simple nombre en la boleta. Tras el reciente ataque sufrido en Culiacán, su narrativa dio un giro de 180 grados: Antes del atentado había dejado de ser el político de oficina para convertirse en un ciudadano que vive la cruda realidad del estado.
Antes del incidente, Torres ya había encendido en la Cámara de Diputados esa chispa de «vengador social» que tanto resuena en las colonias y sindicaturas y por ende lo estaba ayudando a ganar posicionamiento.
Al parecer, Torres Félix había decidido capitalizar esa vulnerabilidad convertida en fuerza. Su perfil irreverente lo estaba convirtiendo en el «aspirante disruptivo» perfecto para descomponer el tablero de las élites morenistas.
La señal más clara de que iba en serio fue la cita clave revelada por la diputada Roxana Rubio: Ambos habían agendado acercamiento para cimentar una posible coalición MC-PAN, el próximo martes 2 de febrero, el Día de la Candelaria. El objetivo es pragmático: presentar un candidato que ya conoce el fuego, que sabe lo que es un susto real y que, sobre todo, no le tiene miedo a la calle.
Clouthier: ¿El francotirador que se queda sin balas?
En este estado de cosas, la otra «mosca en la sopa» para el sistema oficialista se llama Manuel Clouthier. Con su estilo de «honestidad brutal» heredado del «Maquío», Manuel representa el voto de castigo de una clase media que se siente huérfana de representación. Sin embargo, aquí es donde entra el amargo sabor del «lástima, Margarito».
Los rumores en los pasillos del poder sugieren que esa voz crítica podría ser silenciada antes de llegar a la boleta.
Sería una tragedia política que, por presiones de cúpula o las clásicas «manitas de puerco», Clouthier fuera obligado a bajarse del ruedo. Si el sistema logra desactivar al «francotirador», Morena respirará aliviada, pero la democracia sinaloense perdería un contrapeso vital.
El veredicto de la calle
Sinaloa atraviesa un momento de fatiga: lo «nuevo» ya se siente rancio y lo «establecido» empieza a agotar. Si Torres y Clouthier se mantienen firmes como esos personajes irreverentes que el electorado busca, el 2027 dejará de ser un trámite administrativo para convertirse en una batalla campal.
Al final, el electorado sinaloense siempre ha tenido debilidad por los rebeldes. Si el sistema intenta «bajar» a la mala a quienes les incomodan, lo único que lograrán es encender más la pradera. La pregunta queda en el aire: ¿Se atreverán a jugarles limpio o veremos, una vez más, la triste historia de la exclusión política?
Mazatlán 2026: ¿Plan de Obras o Kit de Primeros Auxilios?
En el Mazatlán de la «continuidad», la realidad y el discurso oficial no solo no se cruzan, se escupen. La presidenta Estrella Palacios salió de su sesión de Cabildo con la cara de quien acaba de inaugurar el Canal de Panamá, pero lo que en realidad trae bajo el brazo es un «Plan de Obras 2026» que da más lástima que envidia.

Con 389 millones de pesos pretenden arreglar un puerto que se está cayendo a pedazos entre torres de departamentos ilegales y ríos de aguas negras. ¡Por favor!
Hagamos cuentas, porque en política la aritmética es el enemigo número uno de la demagogia. Presumen 167 obras como si fueran los herederos de la ingeniería moderna. Si repartimos el botín, nos toca una inversión promedio de 2.3 millones de pesos por obra. ¿En serio, Alcaldesa?
Con eso no se arregla un problema estructural; con eso se compran tres camionetas de lujo, se pintan dos banquetas y se cuelgan diez lonas con su foto para alimentar el ego.
Es el presupuesto de la limosna: darle una manita de gato a 167 esquinas para que el pueblo crea que se está trabajando, mientras el puerto cruje por el abandono.
Unos 389.7 millones de pesos que, en el papel, suenan a fortuna, pero en la realidad de un Mazatlán vertical y caótico, alcanzan apenas para las propinas.
Es el «Plan Pulverización»: repartir el presupuesto en pedacitos tan pequeños que alcancen para colgar muchas lonas de «Obra en Proceso», pero que no resuelvan ni un solo problema estructural del puerto.
Lo más tierno —por no decir cínico— es el enfoque en la infraestructura hidrosanitaria. Dicen que le meterán el 50% del presupuesto.
Para quienes vivimos entre olores a «esencia de alcantarilla» cada vez que sube la marea, 195 millones de pesos para 28 obras y 3 cárcamos son como querer apagar el incendio del basurón con una pistola de agua.
El drenaje de Mazatlán está en terapia intensiva y el Ayuntamiento le receta una aspirina.
Pero claro, la joya de la corona son los 71 proyectos de pavimentación social. ¡Ah! No hay nada que rinda más frutos electorales que echarle una capa de chapopote a una calle olvidada.
Mientras el puerto colapsa por el tráfico y los desarrollos inmobiliarios brotan como hongos sin ton ni son, la estrategia es «maquillar» las colonias.
Es una administración de micro-gestión: pintar monumentos y limpiar canales (que deberían ser tareas diarias, no «grandes obras») para inflar la estadística y que el informe de gobierno anual no se vea tan escuálido.
¿Y qué decir de los levanta-dedos del Cabildo? Aprobado por unanimidad. ¡Faltaba más! No hay regidor que se resista al encanto de una rebanada de pastel, por más delgada que esté. La oposición en Mazatlán es tan inexistente como la presión del agua en las colonias altas.
Todos se sumaron al «bienestar», que en lenguaje político significa: «no hagan olas, que todavía nos queda presupuesto por cobrar».
En resumen: tenemos una ciudad que crece como metrópoli, pero que es gobernada con presupuesto de pueblo mágico.
El Plan de Obras 2026 no es la transformación que prometieron; es, básicamente, un kit de parches para que el barco no se hunda… o al menos para que las aguas negras no nos lleguen a las rodillas antes de las próximas elecciones.
¡Salud por eso, y preparen las botas de hule, que el drenaje no sabe de presupuestos pulverizados!



