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domingo, 16 agosto, 2026

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«No, no, no, yo no te doy la mano», le dice alterada una vecina a la Presidenta Sheinbaum; la abordó para exigir solución a despojo e impunidad

TAMPICO, TAMAULIPAS.— Las giras presidenciales suelen regirse por una liturgia bien ensayada: selfis a las carreras, peticiones en sobres amarillos, vítores al paso de la camioneta y el ya tradicional «el pueblo te quiere». Sin embargo, en su paso por Tampico, a la presidenta Claudia Sheinbaum le cambió el libreto una vecina de la tercera edad que no iba a pedir una foto, sino a exigir cuentas.

Mientras el gentío apretaba para rascar un saludo o entregar un papel, la mujer se abrió paso a fuerza de voz y convicción. Cuando alguien cerca soltó el clásico coro de afecto popular, la señora no tardó ni un segundo en marcar su raya: «Pues quítense», soltó secamente, desarmando la calidez del ambiente.

El contraste fue inmediato. Frente a la mano extendida y la sonrisa institucional de la mandataria, la ciudadana impuso su propia distancia: «No, no, no, yo no te doy la mano». No había espacio para la cortesía protocolaria. Con el dedo en alto y la voz rasgada por la prisa de quien lleva doce años esperando respuesta, tomó el micrófono invisible de la calle.

«Cállate y déjame hablar», irrumpió, dejando helados a los acompañantes de la comitiva. En cuestión de segundos, la escena perdió todo tinte de acto político y se convirtió en un juicio sumario de banqueta. Con una precisión que solo da el coraje acumulado desde 2012, soltó nombres, apellidos, delitos y hasta la calle con número exacto de la colonia Fernando San Pedro, desafiando cualquier código de prudencia.

Ni la promesa de un canal de atención ni la mirada paciente de la presidenta lograron bajar la velocidad de su reclamo. «No necesito visitas, necesito la solución, punto, se acabó», sentenció, rechazando el papel de peticionaria pasiva para asumir el de una jueza implacable que, antes de irse, lanzó una advertencia que resonó más que cualquier discurso de gira: si la justicia terrenal no llegaba, los alcanzaría el infierno. Un recordatorio tajante de que, en la calle, la desesperación no entiende de protocolos.

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