A finales de mayo, camino por la tarde sobre el interminable Paseo Bicentenario de Mazatlán, ese sensacional espacio público de convivencia que toda ciudad debiera tener, enmedio de infantes en carreolas, triciclos, patinetas, bicicletas; jóvenes sudorosas y sudorosos trotando en parejas y en grupos, con animadas pláticas; adultos y ancianos que caminan lentamente con nieve en mano, y no quisiera dejar de caminar para encontrarme más y más sorpresas de cómo, quienes habitan Mazatlán, se apropian con solaz de este su Paseo renovado, que sigue creciendo en kilometraje, para contento de ellos y de nosotros, sus visitantes. De hecho, me dan ganas de cortar mis pantalones y ponerme a correr con ellos, para sentir la brisa fresca que reciben con tanto placer.
Me detengo en el antiguo muelle, al advertir que casi a las ocho en punto de la noche, como si estuvieran de acuerdo, se van juntando personas que salen de las calles del barrio vecino, de todas las edades y con cubeta en mano, calzando todo tipo de chanclas y chancletas, pantalones cortos, y se van formando en torno a una serie de lavabos fijos, sobre la playa. Me digo: atento, aquí va a pasar algo que desconoces. Mientras se forman, conversan entre sí, viendo hacia el mar, desde donde se acerca una decena de lanchas con dos o tres pescadores cada una, y una pequeña lámpara encendida en su centro. Antes de su llegada a la playa, varias señoras se posicionan en los lavabos, cuchillos en mano, aseándolos, y hacen plática entre ellas, sobre sus expectativas de la pesca de hoy:
—Quedan a lo más dos o tres días de la pesca de pajaritos, quien no compre ahora, se queda sin su manjar por el resto del año.
—Yo voy a llevar 15 kilos, los congelo y los voy chiquitiando para las fiestas de mi parentela, pero no hago mucho ruido, o me los ganan —comenta un cliente, emocionado de estar entre los primeros compradores.
Por mi parte quiero entender sus acciones y sus expresiones, no veo pajaritos y tampoco entiendo por qué habrían de traerlos en sus barcas los pescadores. Pongo más atención, acercándome a las mujeres con cuchillos, y de inmediato me mandan a la cola:
—No intente brincarse a los que llegaron primero, además no trae en qué llevar a los pajaritos, vaya a comprarse al menos una bolsa, no se los vamos a dar en las manos —y se ríen de mí ellas y los que esperan en fila. Contesto:
—¿De qué pajaritos hablan?
Ahora se vuelven a reír todos de mí, pero la que parece matrona mayor, sin soltar su cuchillo, aclara:
—Son un tipo de peces de esta temporada, los más deliciosos, sólo se pescan por la noche, con lámpara, no hay tantos como para venderlos a las comercializadoras, son sólo para nosotros, pura gente pudiente de Mazatlán, los que ves aquí —lo dice a voz en cuello y echando una carcajada que replican los presentes aludidos— ¡Anda por una bolsa y que te los guisen en cualquier negocio de la esquina, o te arrepentirás!
Yo estoy perplejo, no atino si ir por la bolsa o quedarme a presenciar lo que viene, la llegada de los pescadores y la distribución y venta de los pajaritos. Decido encargarle cuatro pajaritos, por estar de paso y no contar con refrigerador para guardarlos, ya me los guisarán donde ella indica. Sigo atento a las maniobras de los pescadores y de sus ayudantes, que con parsimonia, tal como venían llegando, bajan sus bandejas llenas de pajaritos, las acercan a las vendedoras, y luego colocan sus lanchas sobre la playa, disponiéndolas para la pesca del día siguiente.
Volteo hacia las limpiadoras de pescado y ahora son diez, con sus diez filas respectivas. Estoy junto a la tercera de ellas, cuando un fotógrafo foráneo le pregunta a ella:
—¿Le tomo una foto con el pájaro en la mano?
—Ojalá fuera un pájaro firme, adulto, pero mira, es un diminuto y blandengue pajarito —la fila entera, y las vecinas, celebran con carcajadas su jocosa respuesta.
Sigo atónito observando el frenesí con que ellas quitan las escamas de los pajaritos y los venden, prácticamente, por cubetas. Una clienta prueba a saltarse la fila y la contiene la patrona:
—Tengo que despachar antes a este señor que llevará quince kilos. Manténgase en su lugar, mientras puede esperar echando novio con su esposo ahí sobre los tubos de la barra.
—Mejor mándeme a echar novio con alguien más joven, para no aburrirme, y así hasta la puedo esperar otro ratito —contesta la señora coqueta aludida, con risa abierta.
Acaba mayo en Mazatlán y con ello, la pesca de los pajaritos, con juegos de palabras, dobles y triples sentidos entre vendedoras y compradores, pescadores y chalanes. Acérquese usted con tiempo para probar esas delicias ahí, en el malecón popular, paraíso del andante.
Migel Ángel Izqierdo. Narrativas: relatos de viajes, retratos,
crónicas de vida cotidiana y cuentos
(2019 a 2023).



