Análisis que incomoda… pero despierta.
Por: Claudia Cárdenas
Hay algo que se ha vuelto demasiado común en la política: personas que no buscan una causa, un proyecto o una forma distinta de servir; buscan con desesperación una silla.
Y cuando aparece la posibilidad de ocuparla, todo parece negociable.
Las convicciones pueden esperar, los principios pueden hacerse a un lado. Las críticas que ayer hacían, hoy pueden olvidarse, y hasta aquello que alguna vez se cuestionó públicamente puede terminar justificándose si quien está enfrente parece tener posibilidades de repartir cargos.
Entonces comienzan las fotografías, los acercamientos, las declaraciones convenientes y las muestras de lealtad hacia quien en ese momento parece tener más fuerza.
No importa demasiado quién sea.
No importa demasiado qué haya hecho y cómo lo haya hecho.
No importa siquiera si antes se le cuestionaba su deshonestidad. Lo importante es estar cerca.
Porque algunos no están buscando a quién apoyar, están buscando quién puede darles trabajo.
Y ahí es donde la política deja de ser vocación de servicio y se convierte en una transacción.
Lo más preocupante no es solamente que existan personas dispuestas a cambiar de postura por un cargo, lo verdaderamente preocupante es que hay quienes parecen haber entendido la política como una escalera personal: subir, acomodarse y permanecer.
¿Dónde quedaron las convicciones? Una convicción que desaparece cuando aparece una oportunidad laboral quizá nunca fue una convicción.
Y no estoy hablando de quienes necesitan trabajar, trabajar dignamente no debería avergonzar a nadie. Hablo de otra cosa: de entregar la independencia, la congruencia y hasta la dignidad a cambio de la posibilidad de ocupar un puesto.
También hay algo que deberíamos preguntarnos como sociedad:
¿Qué clase de funcionarios estamos ayudando a construir cuando premiamos la cercanía por encima de la capacidad, la lealtad personal por encima de la preparación y el servilismo por encima del criterio?
Después nos sorprendemos cuando los gobiernos se llenan de personas que saben ser leales a quien los nombró, pero no necesariamente saben responder y ser leales a quienes los eligieron.
Un gobierno no necesita cortesanos, necesita servidores públicos capaces de decir sí cuando corresponde, pero también no cuando una decisión perjudica al interés público.
Necesita personas que puedan trabajar con quien piensa diferente sin perder sus principios y que puedan reconocer las virtudes de un adversario sin convertirse en sus subordinados.
Porque tener convicciones no significa estar en contra de todos, significa no estar a favor de cualquiera solamente porque puede darte algo.
Y es así como los gobiernos terminan integrándose no con quienes están mejor preparados para servir, sino con quienes aprendieron a acomodarse mejor alrededor del poder, y esa práctica termina perjudicando a toda la sociedad.



