Análisis que incomoda… pero despierta.
Por: Claudia Cárdenas
“NO NOS GOBIERNAN LOS MEJORES, SINO LOS QUE MEJOR SABEN ENGAÑAR”
Si revisáramos a los candidatos como revisamos a quien contrataríamos para nuestra empresa, muchos ni siquiera pasarían la entrevista.
Uno de los temas que más analizo es la manera en que la sociedad elige a quienes serán nuestros gobernantes.
Lo verdaderamente preocupante es que la ciudadanía casi nunca se involucra cuando realmente debería hacerlo: desde el momento en que los partidos políticos deciden quiénes serán los candidatos. Ahí comienza el problema, porque los partidos terminan imponiendo a unos cuantos nombres y reduciendo las alternativas reales para la sociedad.
Pero lo más inquietante es que, aun dentro de esas pocas opciones, muchas veces los ciudadanos terminan considerando como “buenas alternativas” a perfiles que poco tienen que ver con la capacidad de gobernar.
Se aplaude al político que ha vivido toda su vida saltando de partido en partido; al que recorre colonias repartiendo despensas; al que domina el discurso fácil que seduce y engaña; al que sabe vender espejitos; al más carismático o al más atractivo; o a quien llegó ahí por ser compadre, comadre o pareja de algún político poderoso.
Lo que casi nunca se analiza es lo esencial: gobernar un ayuntamiento no es un concurso de popularidad, ni concurso de belleza, ni una campaña permanente; administrar un municipio exige conocimiento, capacidad técnica, experiencia, liderazgo, manejo de personal, planeación estratégica y una profunda responsabilidad con los recursos públicos.
Sin embargo, seguimos eligiendo perfiles que no llegan a servir, sino a servirse. Personas que han hecho de la política un negocio personal y que ven el cargo público como una oportunidad para enriquecerse. Tal vez por eso tantos ayuntamientos viven permanentemente endeudados, con servicios deficientes y con administraciones que terminan señaladas por corrupción.
Además, casi nadie se toma el tiempo de conocer a fondo los perfiles de quienes aspiran a gobernar: no se analizan sus trayectorias, su preparación, su experiencia real o su capacidad para dirigir una administración pública.
Si los ciudadanos hicieran ese ejercicio con el mismo rigor con el que se analiza a alguien que se pretende contratar para dirigir una empresa, probablemente nos llevaríamos más de una sorpresa al descubrir cuántos perfiles mediocres se sienten con posibilidades reales de administrar un municipio.
Gobernar una ciudad exige algo más que popularidad o cercanía con el poder; se necesitan perfiles con ímpetu visionario, capaces de atraer inversiones, de plantear soluciones reales a los problemas estructurales de la ciudad y de trabajar de la mano con empresarios, organismos intercamarales, colegios de profesionistas y sectores sociales que verdaderamente estén interesados en construir un mejor futuro para su comunidad.
El día que los ciudadanos elijan a sus gobernantes como si estuvieran contratando al director de su propia empresa —exigiendo capacidad, experiencia y resultados— ese día comenzará a cambiar el rumbo de nuestros gobiernos.
Mientras tanto, no solo seguiremos teniendo malos gobernantes… ¡¡¡también seguiremos siendo una sociedad que se conforma con ellos!!!



