Felipe Guerrero Bojórquez
Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, después de tres intentos, se fue sin haber llegado a la Presidencia de la República. Solo que, sin ser presidente, dejó una contribución enorme a la democracia mexicana que muchos otros, aun habiendo ejercido todo el poder, difícilmente podrían presumir.
Fue uno de los hombres que ayudaron a romper las viejas estructuras del presidencialismo autoritario, abrió las puertas a la pluralidad política y contribuyó a darle estabilidad a un país que necesitaba transitar hacia la democracia sin caer en la confrontación nacional.
El ingeniero Cárdenas fue el fundador de una nueva izquierda mexicana y, sobre todo, uno de sus principales referentes morales. Un hombre que entendió que la democracia no consiste solo en conquistar el poder, sino en respetar las instituciones, reconocer la pluralidad y gobernar con justicia.
Su ruptura con el PRI en 1987, la histórica elección presidencial de 1988, la fundación del PRD en 1989 y su triunfo como primer jefe de Gobierno electo del Distrito Federal en 1997 constituyen etapas fundamentales de la transición a la democracia.
Pero hay otra parte de su historia que considero igualmente importante: Cuauhtémoc Cárdenas supo mantener distancia del poder, incluso de la misma izquierda que él había contribuido a construir.
El 27 de abril de 2022 tuve el honor de participar como comentarista de su libro Por una democracia progresista, presentado en el histórico Teatro Ángela Peralta de Mazatlán.
Compartí ese honor con la doctora Olga García Rendón, en un acto al que asistieron el gobernador Rubén Rocha Moya y el entonces alcalde Luis Guillermo Benítez Torres.
Aquella vez, Cárdenas no solo presentó un libro. Planteó la necesidad de una reflexión nacional para revisar el rumbo del país y a partir de ahí construir una democracia progresista, sustentada en el desarrollo económico, la justicia social y la participación de todos los sectores de la sociedad.
Al término del evento tuve la oportunidad de conversar algunos minutos con él.
Le pregunté sobre su posición frente al gobierno de Andrés Manuel López Obrador y me precisó que no había aceptado incorporarse al régimen porque estaba concentrado en evaluar la situación nacional y en la necesidad de que México retomara el camino del desarrollo con justicia y democracia.
Aquella conversación me permitió confirmar algo que siempre lo había caracterizado en su lucha: su independencia política no era producto del resentimiento ni de una disputa por posiciones. Respondía a una convicción del país que debía construirse sobre una democracia sólida.
Cárdenas no confundía la lealtad a los principios con la obediencia a los gobernantes. Y eso lo demostró siempre.
Y ahí encuentro una de las grandes diferencias entre aquella izquierda democrática y buena parte de quienes posteriormente llegaron al poder en nombre de sus ideales. Demostrado está.
Efectivamente, una cosa es luchar durante décadas contra el autoritarismo y otra muy distinta es llegar al poder haciendo lo mismo que se cuestionaba.
Hay una circunstancia que personalmente viví y que hoy adquiere particular significado.
Entre los asistentes a aquella presentación estaba Rubén Rocha Moya, que tenía meses como gobernador y quien mantenía una antigua relación política y personal con Cárdenas. El propio ingeniero recordó públicamente las luchas que habían compartido y su confianza en seguir coincidiendo.
Rocha entonces no acumulaba las crisis políticas, los cuestionamientos y los graves acontecimientos que después marcarían su administración. Y su destino…
Cuatro años más tarde, aquella escena del Teatro Ángela Peralta adquiere, para mí, un significado distinto: el contraste entre los ideales democráticos que se proclamaban y la realidad política que terminó imponiéndose en Sinaloa.
No pretendo atribuirle a Cárdenas juicios que nunca le escuché sobre el posterior gobierno de Rocha. Pero sí puedo afirmar que su pensamiento político estaba construido alrededor de principios que exigían congruencia, responsabilidad pública y respeto a la democracia. Quién no escuchó fue Rocha.
Cuauhtémoc Cárdenas tampoco fue un hombre infalible. Perfecto. Como todo dirigente de su dimensión, tuvo aciertos, errores y decisiones discutibles. Pero su aporte a la transición democrática y sus principios firmes, lo llevaron a disentir incluso de sus antiguos compañeros, lo que forma parte central de su legado.
Murió a los 92 años, sin haber ocupado la Presidencia de la República, pero habiendo contribuido a que millones de mexicanos pudieran participar en un sistema político más abierto y competitivo. Con el que justamente, esta otra izquierda, llegó al poder.
Y quizá ahí radique una de las grandes paradojas de nuestra historia contemporánea: el hombre que ayudó a abrirle las puertas del poder al régimen de la 4T , terminó advirtiendo sobre la necesidad de rectificar el rumbo del país.
De aquella noche de abril de 2022 conservo el recuerdo de un mexicano sereno, reflexivo y profundamente comprometido con sus convicciones.
Un hombre que tenía claro que la democracia no tiene dueño, que la justicia social no pertenece a ningún partido y que el poder pierde su sentido cuando deja de servir a la sociedad en su conjunto.
Cuauhtémoc Cárdenas no necesitó ser presidente para ocupar un lugar en la historia.
Sin duda es esta su mayor enseñanza: Los principios no se defienden solamente cuando se está en la oposición. Se defienden, sobre todo, de frente a los propios correligionarios cuando llegan al poder.
De ese tamaño.



