Felipe Guerrero Bojórquez
Claudia Sheinbaum quiso vender su ausencia en la inauguración del Mundial como un gesto de austeridad: que los boletos estaban muy caros, que mejor regalaba su lugar a una niña indígena, que no era momento. Versión conmovedora, si no fuera porque su asiento, junto al presidente de la FIFA, se quedó vacío y porque el problema no parecía ser el precio, sino el sonido: el de una rechifla imposible de maquillar, como sucede en todos los estadios llenos. Claro, Sheinbaum está sola. O no tiene asesores o no se deja. O el fuego amigo está a la orden del día.
No fue al estadio. Tampoco se dejó ver con claridad en el Zócalo. Dudó, tanteó, quiso ir. Al final optó por el único territorio donde la espontaneidad no representa peligro: el refugio de los suyos, rodeada de morenistas, lejos de cualquier graderío sin filtro. Más que prudencia, la escena retrató nerviosismo; más que estrategia política, miedo al veredicto ciudadano. Y todos, hasta los secretarios de Estado, escondidos y hablando de ella, principalmente los obradoristas.
La imagen importa, y en política todavía más: Sheinbaum ya carga el desgaste de protestas, crisis, burlas oficiales y un país crispado. Su ausencia no evitó el costo, lo confirmó. Quiso esquivar el abucheo, pero terminó dejando algo peor: la estampa de una presidenta anfitriona que no se atrevió a aparecer. Es que esos conservadores y los de la derecha están por todos lados, pero nadie los ve. Hasta dónde se sabe los más ricos, conservadores y de derecha están con ella, empezando por Carlos Slim, el mayor beneficiario del régimen, y por Alta Gracia Gómez Sierra, Presidente del Consejo de Administración del Grupo Minsa, enemiga de los productores de maíz y asesora empresarial de Sheinbaum. ¿Alguna duda?
Y el contraste fue cruel. Mientras ella evitaba un escenario abierto, otros sí se mezclaban con la gente, entre selfies, gritos y baño de pueblo como al archi-enemigo y conservador Ricardo Salinas. Luego vino el discurso de siempre: no codearse con los de arriba, estar con el pueblo. Aunque, por supuesto, en la fiesta VIP con empresarios y la FIFA en Chapultepec, ahí sí no hubo austeridad emocional.
Al final, no fue el precio del boleto. Fue el precio del temor al abucheo. Y ese, por lo visto, le pareció demasiado alto.
MINI-CHISPAZOS
Toque de queda.
En Escuinapa, a los comerciantes, empresarios y ciudadanos, el alcalde Víctor Manuel Díaz Simental, con su firma y sello, anda repartiendo oficios como volantes, donde les pide a los establecimientos que pueden abrir desde la siete de la mañana pero cerrar hasta las 8 de la noche, como si fuera su función. En lugar de dar protección y seguridad impone prácticamente un toque de queda.
Pena ajena.
Al alcalde de San Ignacio, Luis Fernando Loaiza Bañuelos., le encargaron sus dirigentes morenistas que invitara militantes para una «Asamblea informativa» en la plazuela de la cabecera. Si a caso apenas fueron cincuenta gentes, más algunas otras que fueron invitadas de Mazatlán. Ahí estuvo la Senadora Imelda Castro, la diputada federal Graciela Domínguez, el diputado local Manuel Guerrero, la diputada federal Olegaria Carrasco y la diputada federal Merary Villegas. Toda la artillería pesada a nivel de Estado Mayor, pero les faltó tropa. Claro que hubo enojo, y con razón. Que sirva como termómetros de cómo andan con los ciudadanos los alcaldes del sur. Y para que no se les ocurra dejar en manos de ellos la convocatoria.



