Felipe Guerrero Bojórquez
Es un volado vivir en Escuinapa, porque no sabes a qué hora te va a tocar la de malas: no solo que te metan un balazo, sino que te extorsionen, te amenacen o te despojen de tu patrimonio.
No es exageración. Son historias dramáticas que se entrecruzan para evidenciar un tejido social en el que la institucionalidad abandonó a los ciudadanos.
En Escuinapa gobiernan los poderes fácticos y se impone el miedo. La relativa paz para la convivencia elemental se esfumó el día que llegó, investido como alcalde, el doctor Víctor Manuel Díaz Simental, a quien la dignidad no le alcanza para renunciar.
Ayer, un camión de pasaje repleto de estudiantes de secundaria y preparatoria fue atacado a balazos cerca de un retén militar. Los atacantes viajaban en motocicleta y, como ocurre con muchos otros criminales, no dieron con ellos. Se esfumaron.
Para los estudiantes fueron momentos de terror. Confirmaron que las recomendaciones de sus padres para que se cuiden no solo tienen bases reales, sino que deben acatarse al pie de la letra por una sencilla razón: sobreviven en una verdadera zona de guerra.
Todo mundo lo sabe, porque no hay quien no haya sido víctima directa o indirecta de la violencia.
Los que tienen condiciones para abandonar el pueblo lo hacen, aun con el riesgo de que sus propiedades sean ocupadas por los delincuentes, como ocurre con frecuencia.
En Escuinapa no puedes construir ni edificar porque, para pronto, te cae el cobro; no el del ayuntamiento, sino el de los malos. Los productores de mango, de limón y los chileros, no se escapan del cobro de piso, al igual que los comerciantes formales e informales.
Ahí cayó la maldición, con la anuencia, por comisión u omisión, de la autoridad, que para el caso es lo mismo porque está rebasada. Lo único que hace el gobierno municipal es medio administrar los servicios públicos, sumamente deteriorados, y la nómina de la burocracia. Fuera de eso, no hay dinero y, del poco que llega, no se rinden cuentas.
La mayoría de la gente de la cabecera no tiene recursos para dejar la ciudad, pero, de seguir viviendo en medio del terror, no pasará mucho tiempo antes de que se note el éxodo forzado y masivo, como ya ocurre en su zona rural. Dejar todo: lo poco o lo mucho; el barrio, la costumbre y el amor por la tierra. Huir de ahí para salvar la vida, esa que está en manos de la decisión impune de quien jala el gatillo.
Se sabe ya que muchas mujeres prácticamente han huido porque sus vidas corren peligro y, pese al alto número de asesinadas, la autoridad, bien, gracias. Perdón: a los funcionarios del gobierno, principalmente a las funcionarias de las dependencias relacionadas con la mujer, les gusta mucho organizar foros para “analizar” la situación y establecer protocolos que, al final, no sirven para proteger vidas. Todo lo contrario: las víctimas siempre serán responsables de lo que a ellas mismas les pasa, porque no siguieron las instrucciones dictadas por las instancias oficiales. Y mientras esto ocurre, los criminales siguen sueltos, haciendo de las suyas. Nadie les toca un pelo. No es difícil adivinar por qué.
En Escuinapa, el derecho humano a vivir en paz está ausente y es, sin duda, el ejemplo más real de lo que significa un narcoestado o un Estado fallido, donde la autoridad constitucional, en los hechos, no existe.
En este municipio, otrora Perla Camaronera, es difícil dormir tranquilo. Antes de acostarse, la gente reza por quienes ese día murieron violentamente o fueron agredidos de diversas maneras. También eleva sus oraciones para no ser la víctima del día siguiente.
A estas alturas, vivir en Escuinapa es un albur.



