Mazatlán.— En los pasillos del Centro Municipal de las Artes (CMA), el aire se espesó con el aroma de la nostalgia y el ritmo. No fue una clase ordinaria; fue un encuentro de almas. Bajo el cobijo de las aulas de percusiones, los alumnos de música y canto se sumergieron en una travesía sonora guiada por dos leyendas del blues contemporáneo: Bob Corritore y Johnny Burgin.
La sesión, tejida con maestría por el profesor Omar Ríos, transformó el espacio académico en un rincón de bohemia y confesiones musicales. Aquí, la técnica cedió paso a la narrativa, y el metrónomo se rindió ante el latido del corazón.
La música como el arte de conversar
Para Corritore y Burgin, el blues no se toca, se cuenta. Durante la masterclass, los maestros insistieron en que cada solo y cada nota deben ser tratados como una historia de vida. «Nadie quiere escuchar una voz plana, una charla monótona que no respira», sentenció Johnny Burgin con la guitarra aún vibrando entre sus manos.


La enseñanza fue clara: una improvisación eficaz es como una charla entre viejos amigos; necesita susurros, gritos, momentos de tensión y, finalmente, el alivio de la resolución. «La interpretación debe tener subidas y bajadas, esa energía que sube por la espina dorsal», compartieron los artistas mientras los alumnos escuchaban con la atención de quien recibe un secreto sagrado.
Un diálogo entre armónicas, violines y ausencias
El aula se convirtió en un laboratorio de texturas. Entre el brillo del saxofón, la melancolía del violín y el fuelle juguetón del acordeón, los estudiantes exploraron el lenguaje del blues. Hubo ejercicios de canto que erizaban la piel y diálogos improvisados donde la armónica de Corritore parecía responder a las dudas de los jóvenes intérpretes.
No solo se habló de escalas; se habló de sensibilidad. Se enseñó que repetir una idea musical es válido, siempre y cuando esa repetición crezca, evolucione y se transforme en algo nuevo, manteniendo vivo el fuego en el oído del espectador.

Legado bajo la Luna de Mazatlán
Este encuentro, auspiciado por el Instituto Municipal de Cultura, Turismo y Arte de Mazatlán, reafirma que el CMA no es solo una escuela, sino un refugio para la creación. Al permitir que las nuevas generaciones compartan el escenario y la palabra con figuras de talla internacional, se garantiza que la llama del arte siga ardiendo con fuerza.
Al final de la jornada, los alumnos no se llevaron solo apuntes; se llevaron el eco de una armónica y la certeza de que la música, como la vida misma, es una improvisación que merece ser contada con pasión.



