
- La repercusión para Sinaloa
- Por: José Luis López Duarte
La presidenta de México ha sido señalada por muchos como una estratega y estadista capaz, pero la realidad a la distancia revela un manejo altamente riesgoso que más bien pone en duda esas atribuciones. Desde el sexenio anterior, la llamada Cuarta Transformación (4T) ya venía dando señales claras de su desconocimiento profundo sobre la geopolítica mundial y las dinámicas cambiantes que se están reacomodando en el contexto internacional. La pregunta es obligada: ¿Cuándo se decidió construir un bloque latinoamericano con regímenes radicales —Cuba, Venezuela y Nicaragua— todos confrontados con Estados Unidos, el socio comercial más importante de México? Esa política carece de lógica elemental si el interés principal es salvaguardar y potenciar la economía mexicana.
Lo grave es que esta política fue adoptada y abrazada sin cuestionamientos por la presidenta Sheinbaum al relevar a AMLO, y aún meses después de tomar protesta mostró poco entendimiento del signo del tiempo. Recordemos que desde el arribo de Donald Trump al poder en Estados Unidos se definió, de forma radical, una política explícita hacia el narcotráfico mexicano: se declaró al crimen organizado como narcoterrorista, marcando así un cambio de fondo en el enfoque de combate. Esta posición no era un juego ni un cuento; era un mensaje claro y directo que exigía respuesta estratégica de México, no confrontación abierta.
Pero la 4T también retrocedió en el terreno económico, eliminando avances valiosos que habían tardado más de una década en consolidarse. México había madurado importantes definiciones, como abrir espacios para la competencia en sectores clave y reducir la preponderancia monopólica de empresas estatales como Pemex y la Comisión Federal de Electricidad (CFE), así como de los monopolios en telecomunicaciones encabezados por Telmex y el duopolio Televisa-TV Azteca. Hoy, gracias a esas políticas regresivas, volvemos a un escenario donde la energía y las comunicaciones son monopolios en práctica. Es un paso atrás gigantesco para cualquier economía moderna.
Pero el error más grueso, la aberración estratégica mayúscula, está en no entender que la política exterior es una extensión directa de la política económica. Enredarla en conflictos extraños con el principal socio comercial y país más poderoso del mundo no sólo es insensato, sino suicida. Insistir en esa confrontación, especialmente en el tema de las drogas, permitiendo que el crimen organizado termine definiendo la agenda política e incluso operativa de los gobiernos mexicanos, es inaceptable. Para la vecindad y la relación bilateral entre México y Estados Unidos, esto representa un riesgo de ruptura total.
Si el gobierno mexicano no corrige el rumbo, será inevitable que la confrontación escale hasta un punto de no retorno. Las implicaciones serían devastadoras. México podría ver severamente afectadas sus relaciones comerciales, que representan más del 80% de nuestras exportaciones. Para Estados Unidos, el comercio con México representa alrededor del 5% de su intercambio exterior; es significativo, sí, pero no vital para su economía, la más grande del mundo. El daño lo sufriríamos nosotros.
Además, existe una profunda codependencia energética: mientras Estados Unidos no depende prácticamente de ningún producto mexicano, México depende casi totalmente de suministros energéticos estadounidenses sin contar con reservas estratégicas para afrontar una crisis de desabasto que dure más de una semana. Esto nos pone en una posición de vulnerabilidad extrema.
Finalmente, la gran fortaleza de México radica en sus relaciones internacionales diversificadas. Las relaciones con Estados Unidos están marcadas por competencia y conflicto, pero eso también puede ser un terreno político explotable si se maneja con inteligencia. Sin embargo, apostar al juego del gato y el ratón sin una estrategia clara sería un riesgo mayúsculo para el país. En conclusión, se requieren cambios urgentes y sensatos en la política exterior y económica para evitar un colapso que ningún mexicano merece.



