- Las perspectivas y sus motivos.
- José Luis López Duarte
En el carrusel electoral que nos tiene a todos con la mirada fija en el mapa político de México, los datos que nos presenta Marco Antonio Mendoza, basados en la encuesta de Pulso MX, no pueden ser más reveladores… ni más preocupantes para Morena y su Cuarta Transformación (4T). Si hoy fueran las elecciones en los 17 estados que se disputarán gubernaturas el próximo año, el PRI y el PAN estarían cantando victoria con seis y cinco estados respectivamente; Morena, por su parte, apenas alcanzaría cuatro, y el Verde Ecologista y Movimiento Ciudadano (MC) se quedarían con una plaza cada uno. O sea, que la llamada “oleada morenista” empieza a verse como ese tsunami que nunca llegó.
Veamos el asunto con la crudeza que amerita: el PRI tendria victorias en Colima, Nuevo León, Michoacán, Zacatecas, Sinaloa y Tlaxcala, mientras que el PAN se impone en Baja California, Sonora, Chihuahua, Querétaro y Aguascalientes. Morena, que hace poco parecía invencible, solo se adjudicaría Guerrero, Nayarit, Baja California Sur y Quintana Roo. Y por si fuera poco, el Partido Verde triunfaria en San Luis Potosí y MC se queda con Campeche.
¿Dónde está el truco? este fenómeno tiene raíces claras en las recientes elecciones en Coahuila, Durango y Veracruz, donde Morena mostró que el aura invencible se ha empezado a desgastar. En Coahuila, especialmente, la derrota fue un baldazo de agua fría: la sociedad está empezando a hartarse de la retórica y la demagogia envueltas en la bandera de la 4T. Se está viendo un resurgir del PRI y el PAN en territorios que parecían perdidos: Sinaloa, Colima, Michoacán, Tlaxcala, Nuevo León y Zacatecas.
Si esta tendencia no es una simple aberración estadística y se confirma en las urnas, sería un mazazo brutal para Morena y la 4T: casi tres cuartas partes de las gubernaturas podrían caer en manos de la oposición. Esto no es sólo una mala noticia para MORENA y sus huestes; es un síntoma profundo de desgaste social y político.
Claro que sus defensores argumentan que Morena sigue aferrado a una base sólida, gracias a los 42 millones de beneficiarios de programas sociales. Pero aquí hay dos cosas que debemos entender: primero, si sacamos a los 23 millones enfocados en educación básica, la cifra real de votos cautivos baja a 19 millones; segundo, ese gigantesco caudal de votos no es una roca inamovible. Si la oposición consigue organizarse y capitalizar la frustración de sectores claves, ese “efecto dominó” electoral puede inclinar la balanza considerablemente.
Y no hablemos sólo de cifras o aritmética electoral, porque la realidad social que enfrenta la 4T es mucho más compleja y dolorosa. Primero, el desgaste por la ineptitud para gobernar resulta evidente: corrupción rampante y traiciones políticas cercanas al cinismo han erosionado la confianza popular. Segundo, la inseguridad y violencia parecen haber alcanzado niveles apocalípticos, dejando a la ciudadanía desprotegida ante instituciones cada vez más desgastadas. Tercero, el país parece atrapado en un callejón sin salida en materia de relaciones internacionales, principalmente con Estados Unidos, nuestro principal socio comercial y a la vez un hueso duro de roer.
Desde el gobierno de AMLO, hemos visto un ir y venir de puentes rotos, discursos confrontativos y decisiones erráticas que han reducido el margen para acuerdos bilaterales favorables. La administración Sheinbaum no ha logrado virar el timón en este sentido y la sensación general es que México está queriendo cambiar el mundo sin siquiera intentar negociar su lugar en él. No hay estrategia clara para avanzar, sino señales de retroceso que deberían preocupar a cualquiera.
Entonces, ¿hasta dónde podrá llegar este desgaste? La respuesta no es sencilla, pero sí inequívoca: si Morena y la 4T no corrigen el rumbo y no entienden que la política no es magia ni populismo disfrazado, sino el arte complicado de equilibrar intereses, gobernar con eficacia y mantener el diálogo social, entonces estas tendencias podrían consolidarse y traducirse en un golpe electoral histórico.
Lo curioso –y trágico– es que esto no debería ser una sorpresa. La historia política mexicana es un péndulo que oscila entre distintos proyectos, y la 4T parecía ser la última gran ola para reformar el país. Hoy, sin embargo, esa misma ola amenaza con romperse en la orilla, sin llevar a ningún lado. Para quienes creemos en la democracia y en un México más justo, queda claro que el futuro ya no está escrito. Pero si alguien piensa que la 4T es indestructible, probablemente lo que viene será todavía más tormentoso. El reloj electoral está corriendo y la ciudadanía no está dispuesta a seguir pagando la factura eterna de promesas incumplidas y esperanzas frustradas.



