MAZATLÁN, SIN. — Los embates de los remanentes del huracán Polo en el litoral mazatleco —manifestados en fuertes marejadas, erosión acelerada de playas y el colapso puntual del drenaje pluvial— no son producto de la casualidad ni de la fatalidad meteorológica. Son la consecuencia directa de décadas de crecimiento urbano desordenado sobre ecosistemas frágiles y de la invasión sistemática de la franja marina.
Así lo advirtió recientemente el especialista en ingeniería hidroagrícola y desarrollo urbano, Juan de Dios Garay Velázquez, durante un encuentro con integrantes de la Asociación de Mayores A.C. (AMAPA). El diagnóstico del experto cobra vigencia plena tras el paso del fenómeno meteorológico, que expuso las vulnerabilidades estructurales del puerto.

La invasión de la costa y el costo del impacto marino
El oleaje elevado registrado esta mañana en la Zona Dorada y la franja de Cerritos volvió a evidenciar el estrechamiento de la zona de playa, donde las olas rebotan directamente contra muros de contención e infraestructuras hoteleras.
De acuerdo con el especialista, datos de Fonatur confirman que Mazatlán pierde en promedio un metro de playa al año por erosión marina, lo que significa un recorte de más de 30 metros en la franja costera durante las últimas cuatro décadas.
«Pese a este desgaste, seguimos abusando del litoral. En la Zona Dorada hay infraestructuras privadas y cadenas hoteleras que han avanzado hasta 15 metros sobre la franja de arena, provocando que con las marejadas las olas reboten y alcancen alturas considerables contra los muros. El mar les va a cobrar la factura tarde o temprano», sentenció el ingeniero Garay.

A este escenario se suma el impacto de obras de protección y navegación, como los rompeolas en la zona de La Marina, los cuales alteraron la dinámica natural de arrastre de sedimentos. Esto obliga a realizar dragados continuos en las entradas de embarcaciones, restándole arena vital a la línea de costa y acelerando la erosión en tramos contiguos.
Una ciudad cimentada sobre agua y fango
Las inundaciones registradas en distintos sectores de la ciudad tras las precipitaciones de Polo tampoco pueden explicarse únicamente por el volumen de lluvia, sino por la alteración de la topografía natural del puerto.
Garay recordó que Mazatlán creció adaptando el territorio a sus necesidades a lo largo de dos siglos, arrebatándole terreno al mar y a los cuerpos de agua interiores:
El despojo al estero
De las 380 hectáreas originales que conformaban el estero del Infiernillo, la marcha urbana devoró más de 340 hectáreas, reduciendo el vaso regulador natural a solo 40 hectáreas.
Suelos inestables
Sectores productivos como el Parque Bonfil se instalaron sobre el estero, donde bajo una ligera capa de arena subyacen hasta 17 metros de turbas (lodos sin resistencia). En tanto, zonas como Playa Azul se levantaron sobre rellenos hidráulicos de arena suelta propensa a la licuación de suelos ante eventuales movimientos sísmicos.
Mitigación y rigor técnico: la única salida
Las marejadas de Polo también demostraron cómo el mar ingresa de manera inversa a la ciudad a través de los cauces urbanos durante las mareas altas extraordinarias, como ocurre en el arroyo Las Cañas y la zona del puente de la avenida Laguna de Rayas (Rico Maza), bloqueando el desalojo de las aguas pluviales.
Frente a esta realidad, el experto concluyó que resolver los problemas de inundación de fondo requeriría inversiones públicas descomunales, por lo que la prioridad de las autoridades y desarrolladores debe ser la mitigación del riesgo y el estricto rigor técnico en cualquier intervención sobre la franja marítima.
«La playa es el activo principal de Mazatlán. Si vamos a seguir interviniendo en ella, debemos hacerlo con toda la técnica posible detrás para que el efecto erosivo y morfológico sea conocido y mínimo», puntualizó.




