Por: José Luis López Duarte
- Un fuerte Abrazo para el amigo Adán Camacho y toda su familia por el fallecimiento de su hermana Eva. D.E.P.
Luego del encuentro diplomático en Palacio Nacional el pasado 21 de mayo entre el secretario de Estado de Estados Unidos, Markwayne Mullin, y la presidenta Claudia Sheinbaum, quedó claro que la tan esperada cooperación en la lucha contra el crimen organizado y el narcotráfico no logró concretarse. Lo que supuestamente sería una agenda de acuerdos para fortalecer esfuerzos conjuntos en la seguridad regional terminó en claros desacuerdos, evidenciando las crecientes tensiones y diferencias entre ambos gobiernos.
Durante la semana siguiente a esta fallida reunión, se observaron tres señales que delinean el tamaño y la profundidad de la operación que Estados Unidos está preparando para enfrentar el crimen en nuestro hemisferio. La primera fue la suspensión abrupta, para el lunes 25 de mayo, de la reunión con Sara Carter, la principal figura antidrogas estadounidense, lo que derivó en la cancelación de otros encuentros con importantes funcionarios de EE.UU. Este hecho redujo de manera significativa la interlocución militar entre el Comando Sur y las autoridades mexicanas como el secretario de Defensa Nacional y el secretario de Seguridad Pública, Omar García Harfuch. Asimismo, se canceló también la reunión con Jamieson Greer, secretario de Economía, un claro retroceso en los vínculos diplomáticos que pone en evidencia la complejidad del panorama actual.
En segundo lugar, destaca el crecimiento de la operación Escudo de las Américas, iniciativa lanzada en febrero con 11 países en Florida y que la semana pasada amplió su participación a 17 naciones. Este fortalecimiento incluye la preparación de Guatemala para crear un ejército especializado en la confrontación directa con los carteles de la droga y el narcoterrorismo, siguiendo estrictamente la línea de política norteamericana. Esto también supone un mensaje firme a la frontera sur de México, indicando una nueva dinámica de vigilancia y control que podría modificar radicalmente la relación bilateral.
La tercera señal fue el anuncio de la reunión del 27 de mayo en Santiago de Chile entre ministros de seguridad de Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú y Chile. En ese foro se acordó combatir al crimen organizado como un problema transnacional urgente, dado que el flagelo está cobrando un número creciente de víctimas, especialmente entre los jóvenes. Esta alianza hemisférica contempla la colaboración estrecha con Europa, Estados Unidos y la OTAN, donde cada bloque asume responsabilidades específicas: Europa se enfocará en el conflicto del Medio Oriente con Irán y sus derivados, mientras que Estados Unidos se concentrará en la seguridad del continente americano.
Este nuevo enfoque amplía la definición de crimen organizado más allá del simple narcotráfico o terrorismo. Incluye múltiples variables como tráfico de personas, robo de órganos, prostitución, y temas cruciales de seguridad nacional vinculados con tecnología y globalización económica. Dicha perspectiva surge también del cuestionamiento al modelo actual de Naciones Unidas, considerado por varios líderes —incluida la propia presidenta de México— como agotado e insuficiente para enfrentar los desafíos del siglo XXI. De aquí se extrae la hipótesis de que si no se avanzan hacia nuevos órdenes multilaterales, el mundo podría caer en el caos, lo que explica la aceleración de los bloques regionales y sus estrategias coordinadas.
Frente a este complejo escenario global, resulta absurdo e incluso caricaturesco observar la reciente celebración organizada por la presidenta Sheinbaum para conmemorar su segundo año en el poder, una especie de mitin nacional que recuerda las primeras etapas de revoluciones como la cubana o sandinista. En lugar de mostrar un liderazgo sólido y pragmático, estas ceremonias se perciben como distracciones que ignoran la gravedad de la situación internacional y nacional. Mientras los grandes asuntos geopolíticos avanzan y se intensifican, México corre el riesgo de ser una piñata dentro de esos movimientos, sin una estrategia clara para proteger sus intereses y su soberanía.
Esta misma semana, por ejemplo, se llevó a cabo una reunión estratégica en la base militar de Guantánamo entre altos mandos de Estados Unidos y Cuba. A pesar de las tensiones latentes, incluida la amenaza explícita del presidente Díaz-Canel sobre una posible invasión estadounidense, ambos países han mantenido recientes contactos militares. Este hecho refleja la complejidad y la multiplicidad de frentes abiertos en la región, donde México no puede ni debe mantenerse al margen.
El mundo está girando a gran velocidad y México no puede darse el lujo de permanecer dormido. El gobierno debe abandonar la retórica nacionalista superficial y comenzar a pensar seriamente en la defensa real de su soberanía y la seguridad de su población. La lucha contra el crimen organizado es solo una pieza de un rompecabezas mucho mayor que involucra nuevas configuraciones internacionales, políticas de seguridad comunes y una adaptación urgente a los cambios globales. Solo con una visión estratégica integral podrá México enfrentar con éxito los retos que se avecinan.



