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domingo, 16 agosto, 2026

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En la Raya/Los acomodos/Se fortalece la alianza antinarco

  • Por: José Luis López Duarte

La compleja red de alianzas y confrontaciones que hoy configura el escenario latinoamericano nos invita a reflexionar con la profundidad y rigor que exige la coyuntura. Si en enero apenas once países latinoamericanos se habían sumado a Estados Unidos en la lucha contra el narcotráfico, hoy ese número ha ascendido a diecisiete, y no es fortuito ni menor. Este crecimiento refleja una coalición cada vez más consolidada, bajo el liderazgo de Washington, que se propone no solo combatir un flagelo transnacional, sino también desmantelar gobiernos y proyectos políticos que desafían su hegemonía en la región.

En este contexto, la posible derrota electoral de Gustavo Petro y su grupo politico en Colombia, agravada por la intervención del Consejo de Estado que le ordena abstenerse de difundir propaganda electoral, reviste un significado político mayor. No es simplemente una cuestión jurídica, sino un síntoma palpable de la resistencia que encuentran los liderazgos progresistas, señalados por Washington como obstáculos para la estabilidad que ellos entienden y promueven. La decisión de esa suprema instancia colombiana pone en evidencia el peso de las fuerzas conservadoras y la influencia extranjera, que incluso en las urnas buscan neutralizar cualquier atisbo de continuidad del gobierno de petro.

La coalición que se forma contra los llamados “narcogobiernos”, como se ha difundido desde la administración Trump, traza un arco de confrontación particularmente intenso contra los gobiernos de Cuba y México, dos pilares fundamentales de la izquierda latinoamericana. México se convierte así en un frente crucial. Por un lado, su reciente acuerdo comercial con la Unión Europea mostraba un intento de diversificación y autonomía estratégica. Pero por otro, la arremetida de la llamada Cuarta Transformación (4T) y su intento de reconfigurar el sistema político nacional —demoliendo el equilibrio de poderes, la soberanía local y el régimen democrático— debilitan la imagen y la fortaleza internacional del país.

Esta autocracia incipiente que la 4T maquilla con el discurso de la transformación y el bien común no solo erosiona las libertades cívicas y políticas, sino que la encamina hacia una dictadura disfrazada. El llamado “segundo piso” de la 4T es el siniestro termómetro de esta ambición de control absoluto, que no tolera voces disidentes ni rupturas al régimen. Se confronta con el gobierno de Estados Unidos en todos los terrenos —político, comercial y militar—, con una terquedad que raya en la insensatez, pues ignora las asimetrías y la realidad geopolítica que limita sus capacidades.

Bajo esta dinámica, México no solo pierde capacidad de maniobra, sino que avanza hacia un precipicio. La presidenta Claudia Sheinbaum encarna esa conducción errática que, lejos de apaciguar, exacerba la crisis social y política. Su apuesta por la confrontación y el control autoritario profundiza el caos y abre la puerta a la violencia, con el riesgo de que las víctimas sean siempre los sectores más vulnerables, los pobres y excluidos de nuestro país.

No es tiempo de simulaciones ni de pretextos que disfrazan la imposición; México debe recuperar la sensatez y el equilibrio institucional que le permitan transitar con firmeza y dignidad por la tormenta global que enfrenta la región. Solo así podrá evitar la larga noche de retrocesos y sufrimientos que, tristemente, parece dibujarse en el horizonte cercano.

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