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sábado, 15 agosto, 2026

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Marea Alta/Fotógrafos del momento o cirujanos del cuestionario?/ Cuando las encuestas dejan de medir y comienzar a decidir

Por Rodrigo de Triana

En la siempre noble e inocente teoría democrática, las encuestas de opinión funcionan como termómetros: herramientas científicas diseñadas para registrar con precisión la temperatura del ánimo social. Pero en la maravillosa e ingeniosa práctica política mexicana, estos aparatos han sufrido una mutación digna de la física cuántica.

Han dejado de ser un espejo pasivo de la realidad para convertirse en un cincel activo. Ya no se limitan a medir la opinión pública; con delicadeza artística, la moldean, la recortan y, si el cliente paga a tiempo, pretenden decidirla de golpe.

El tablero rumbo a la gubernatura de Sinaloa nos regala hoy un síntoma perfecto de esta transición silenciosa. El protagonista de este acto de magia estadística es Gerardo Vargas Landeros. Durante más de un año, Gerardo Vargas apareció con la consistencia de un metrónomo entre los perfiles más competitivos de Morena.

Las cifras variaban según la casa encuestadora, la metodología, el humor del entrevistador o la fase lunar, pero su nombre se mantenía de forma recurrente amarrado al primer o segundo lugar.

Hagamos un breve repaso de aquella «época dorada» de la medición objetiva. GobernArte lo ubicó durante 2025 en niveles cercanos a Imelda Castro.

CRIPESO lo colocó en primerísimo lugar en distintas mediciones de finales de 2025 y durante 2026, con porcentajes que superaban alegremente el 23 por ciento.

Metametrics también lo presentaba como el puntero de la contienda. Los fríos datos duros permiten establecer un hecho científico ineludible: Gerardo Vargas no era, bajo ninguna circunstancia, un aspirante marginal, un fantasma electoral ni un error de redondeo estadístico.

Pero entonces, ¡oh, caprichoso destino político!, vino el desafuero. Y con el desafuero, como por arte de magia de un prestidigitador de feria, cambió la narrativa.

De la noche a la mañana, algunas encuestadoras —esos templos de la objetividad matemática— sufrieron una súbita amnesia selectiva. Comenzaron a presentar nuevas y creativas listas de aspirantes, a achicar la presencia de Vargas o, de plano, a excluirlo por completo del menú de opciones.

Lo fascinante del caso es que, mientras estos cirujanos del cuestionario lo extirpaban de la realidad, otras mediciones realizadas en fechas idénticas continuaban colocándolo en posiciones sumamente competitivas.

La diferencia entre ambas posturas no es una mera discusión académica sobre el margen de error o el diseño muestral. Es una cuestión de física elemental: una cosa es que un aspirante pierda el respaldo de los ciudadanos en la calle, y otra, infinitamente más sospechosa, es que deje de existir como opción dentro del cuestionario.

Recordemos cómo funciona una encuesta cerrada. No es un foro abierto a la libre inspiración del encuestado; es un examen de opción múltiple donde solo se permite elegir entre los nombres que la empresa —o el generoso padrino que contrata el estudio— decidió incluir de antemano.

Por eso, el verdadero acto de votación comienza mucho antes de que suene el primer teléfono o se toque la primera puerta: empieza en el restirador de la oficina, donde se define con pinceladas de cirujano quién aparece en la foto, quién queda fuera y qué escenarios de fantasía se van a presentar al público.

La exclusión tiene consecuencias tan reales como inmediatas. Un perfil incluido obtiene de manera gratuita visibilidad, cobertura de prensa y la valiosa «percepción de viabilidad». En cambio, el excluido es condenado al calabozo de la inexistencia, convertido a la fuerza en un triste «otro», un «ninguno», un «no sabe» o, simplemente, evaporado de la interpretación pública.

Por supuesto, los alquimistas de la demoscopia siempre tienen a la mano un arsenal de excusas de apariencia técnica: un sesudo criterio jurídico, una sofisticada decisión metodológica, una valoración editorial sobre la viabilidad del personaje o, en el más honesto de los casos, la simple y llana instrucción del cliente que financió el estudio. Sin embargo, ninguna de estas explicaciones resulta suficiente si no se tiene la decencia de transparentarla.

Porque he aquí el detalle: Gerardo Vargas conservó intactos sus derechos políticos, se mantuvo activo en la escena pública y formalizó su registro en el proceso interno de Morena. A partir de ese preciso instante, la pregunta incómoda se vuelve imposible de esquivar: ¿con qué pirueta técnica se justifica excluir de determinadas mediciones a un aspirante formalmente registrado, con amplia trayectoria y con una presencia sostenida y probada en encuestas previas?

Para ser justos, la evidencia no nos permite meter a todas las encuestadoras en el mismo costal de sospechas.

Firmas como CRIPESO, GobernArte, Metametrics, Arias Consultores y otras cuantas han continuado haciendo su trabajo con seriedad, incluyéndolo de forma consistente. Pero es precisamente esa contradicción la que le da sabor al caldo: ¿cómo es posible que mientras unas empresas lo mantienen compitiendo en la cima, otras simplemente hayan decidido olvidar cómo se deletrea su nombre?

Seamos claros: cuando un nombre desaparece de un cuestionario cerrado, no hay un solo dato empírico que demuestre que el personaje perdió el cariño de la gente. Lo único que queda demostrado, con absoluto rigor científico, es que existió la decisión previa de no medirlo. Así de simple. Así de burdo.

Este truco, desde luego, trasciende a la figura de Gerardo Vargas. En nuestro país, las encuestas no solo investigan el humor social, sino que actúan como cartas de navegación para definir coberturas de medios, amarrar respaldos financieros, pactar alianzas y presionar decisiones partidistas. Y cuando un partido como Morena decide utilizar las encuestas como el método supremo e inapelable para definir a sus candidatos, aparecer o desaparecer de ellas deja de ser una curiosidad estadística para convertirse en una sentencia de vida o muerte política.

Nadie está pidiendo aquí que le regalen puntos a nadie, ni que se le otorgue un trato de privilegio en los reportes.

Lo único que se exige es un mínimo de decencia y transparencia: que nos digan quién pagó el estudio, bajo qué ocurrencia se diseñó el cuestionario, cómo se eligieron los nombres de la lista y, sobre todo, por qué se decidió que unos merecen el reflector y otros la absoluta oscuridad.

Porque la sutil diferencia entre medir una elección y fabricar una percepción comienza con esa decisión tan ridículamente sencilla: definir quién tiene derecho a aparecer en la pregunta y a quién se le borra del mapa antes de empezar.

La duda, sembrada de ironía y sospecha, sigue flotando en el aire sinaloense: ¿de verdad cambió de parecer la ciudadanía de un día para otro, o simplemente cambiaron las necesidades, los temores y los intereses de quienes pagan y diseñan las encuestas?

ANTES DEL DESAFUERO: PRESENCIA ESTABLE Y TRANSVERSAL

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