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sábado, 15 agosto, 2026

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CHISPAZO/Rocha aún no se ha ido

Felipe Guerrero Bojórquez

Mañana se cumplirán dos meses desde que Rubén Rocha Moya solicitó licencia al Congreso para separarse del cargo por tiempo indefinido. Dos meses en los que Sinaloa continúa a la deriva, pero todavía bajo las órdenes políticas del exgobernador.

La estructura del gobierno permanece intacta. Quienes hoy ocupan los cargos administran los intereses del grupo en el poder y no los del pueblo de Sinaloa. Ni las formas cambiaron, menos el fondo porque Rocha no se ha ido. Sigue tras bambalinas.

Resulta lamentable que, frente a semejante parálisis y frente a la grotesca simulación institucional, nadie exija ante las instancias federales que el estado sea declarado en condición de emergencia para rescatar el orden constitucional e impulsar, de inmediato, un verdadero plan de recuperación de la vida económica, social y de seguridad.

A la presidenta Claudia Sheinbaum debería preocuparle el Estado de derecho por encima de cualquier convicción ideológica o partidista. En Sinaloa ese orden constitucional está roto. No se gobierna para garantizar la seguridad de las familias ni para promover el desarrollo económico. Cada ciudadano sale a trabajar y recorre las calles bajo su propia cuenta y riesgo

Los responsables de brindar seguridad y bienestar no solo han incumplido ese mandato constitucional; además, pesan sobre ellos serias sospechas de haber utilizado las instituciones para favorecer intereses particulares y políticos.
La crisis de Sinaloa hace tiempo tocó fondo. Sin embargo, todo indica que al gobierno federal le preocupa más cerrar filas en defensa de uno de sus principales correligionarios que atender la peor crisis de inseguridad, gobernabilidad y deterioro económico que haya vivido el estado en las últimas décadas. Y eso ocurre pese a que Rubén Rocha Moya enfrenta acusaciones en Estados Unidos por sus presuntos vínculos con el crimen organizado.

También resulta lamentable que quienes hoy encabezan el gobierno estatal no representen a nadie y que su autoridad política, ética y profesional permanezca bajo la sombra de la duda pública. Y lo peor: que se conduzcan como verdaderos títeres, obedeciendo a ciegas a quienes los siguen moviendo ahora desde las sombras. ¿Se merece eso Sinaloa?

Y más lamentable aún es el silencio de buena parte de los liderazgos sociales, empresariales, magisteriales, universitarios y de profesionistas, que expresan su inconformidad únicamente en privado, pero no la llevan a las instancias federales, a los medios nacionales o a la protesta pública para exigir respeto a la dignidad de los sinaloenses y una respuesta urgente frente a la crisis de gobierno, de seguridad, social y económica.

En cualquier democracia con instituciones sólidas, una situación de esta naturaleza habría provocado la desaparición de poderes o, cuando menos, la conformación de un gobierno provisional con verdadera representatividad para enfrentar la parálisis del Poder Ejecutivo, del Legislativo y de la procuración de justicia. Un gobierno emergente capaz de combatir a la delincuencia con sentido ciudadano y de poner orden en las corporaciones policiales de todos los niveles.

Aquí ocurre exactamente lo contrario. Sinaloa sigue caminando entre el caos y el capricho político presidencial, mientras desde el centro del país se insiste en vender la imagen de un estado donde reinan la paz, la armonía y la felicidad. El paraíso nos queda chico. Y no es exageración.

Pero al cumplirse dos meses de la licencia de Rocha también comienza a agotarse un primer plazo. ¿Seguirá la presidenta Claudia Sheinbaum exigiendo a Estados Unidos que presente pruebas para actuar contra el exgobernador? ¿O será Washington, ante la exigencia presidencial, quien termine haciéndolas públicas y declare prófugos a Rubén Rocha, a Enrique Inzunza, Juan de Dios Gámez y al resto de los señalados?

Mientras tanto, Sinaloa continúa pagando los platos rotos de la insensibilidad presidencial y de la obstinada defensa de un hombre que, culpable o inocente ante la justicia estadounidense, nunca demostró capacidad constitucional para gobernar y sí una enorme habilidad para desperdiciar la oportunidad que le otorgó la historia. Esa historia que redime o nunca perdona.

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